viernes 22 de mayo de 2009

Pobreza

Twisted Ink Productions Presents:

Pobreza
By Chebing



Pobreza

A sus 60 años, todos los logros de Ernesto se podían contar con los dedos de la mano. Conoció a una buena dama y la hizo su esposa, y luego tuvo hijos con ella. Lamentablemente, no tuvo la suerte de contar con el sustento necesario para los miembros de su familia. Su casa era humilde, y más aun su corazón. Había días que Ernesto se quedaba sin comer, porque prefería que sus hijos comieran más, y había otros días no tan afortunados, que Ernesto lloraba desconsolado en su cama, recordando una y otra vez la voz de su hijo menor, pidiendo comida, gritando de hambre.

Ernesto era un buen hombre, trabajador, de buenos ideales, con sus prioridades bien establecidas, pero le era imposible conseguir aquel trabajo que lo saque a él y a su familia de la gran miseria que los sumergía. Su esposa había quedado paralizada de la cintura para abajo, y el único trabajo que podía hacer era tejar ropa para luego venderla los fines de semana en la feria americana. Sus hijos eran pequeños, Leandro de cinco, y Martín de ocho. El más chico no podía comprender que su padre deseaba más que cualquier otra cosa acabar con el grito de su estomago, y cada vez que llegaba el momento de comer, la cruel realidad aplastaba con todas sus esperanzas, un plato de fideos los buenos días, y uno o dos pedazos de pan duro los días siguientes. El más grande comprendía que a veces se comía y a veces no, pero todavía era incapaz de entender cómo había gente que tenía tanto, y ellos tan poco, no podía entender que sus amigos vistieran ropas limpias, llevaran alfajores y gaseosas y hablaran de la milanesa o las empanadas que habían disfrutado el día anterior. Este chico perdía la fe en la humanidad antes de siquiera dar su primer paso al mundo.

Ernesto trabajaba todos los días, en lo que hiciera falta. A veces era pintar una pared, otras arreglar un camión. Él no sabía mucho de nada, y lo poco que sabía lo había aprendido al hacerlo tantas veces. Sin embargo, le pagaban monedas, muy lejos de lo necesario para poner un plato de comida en la mesa. Las pocas veces que Ernesto se había quejado sobre esta situación, lo amenazaron con no pagarle nada y lo tuvieron varias semanas sin darle trabajo. Ante este problema, aprendió a callarse la boca y a aceptar lo que quisieran darle, en el momento que se lo quisieran dar.

Ambos hijos de Ernesto asistían a una escuela estatal a varias cuadras de su casa. Caminaban cuarenta y cinco minutos todos los días para llegar y otros cuarenta y cinco para volver. Los pocos útiles que tenían estaban gastados y viejos, tenían un cuaderno roto cada uno, y un lápiz y lapicera, nada más. Lo demás se lo prestaban los compañeros. Sus notas eran bajas porque no dedicaban mucho tiempo al estudio, pasaban sus tardes en la plaza, pidiendo monedas o buscándolas en la tierra. Los profesores les tenían mucha paciencia, puesto que conocían la situación económica de la familia, pero tampoco podían darle una nota que no merecían.

No fue hasta el final de la primavera que el destino de Ernesto y su familia cambiaría para siempre.

Una oscura mañana de noviembre, la maestra se acercó a Martín que estaba dibujando un árbol caído cerca de un lago, y le dijo muy suavemente que se acerque a la oficina de la directora. El chico obedeció y emprendió la caminata, curioso y asustado. Golpeó la puerta, esperó unos segundos hasta que le indicaron pasar, entró a la oficina, un tenue olor a madera inundó su nariz. Miraba al suelo, tímidamente, no podía sacarse esa sensación de estar en problemas. Después de algunos minutos y varias palabras delicadas, Martín seguía sin entender bien la situación, miraba expectante a la directora, pero no le decía nada. Ella le seguía explicando pero no se hacía entender, hasta que perdió la paciencia, tomó al chico de los hombros, y en un tono elevado de voz lo miró, lo miró y le advirtió que, a menos que complete todas sus tareas y demuestre un cambio, iba a repetir de año. Martín salió corriendo de la oficina, sin saber muy bien a dónde ir.

Cruzó la puerta como un rayo, estaba abierta por un descuido de la portera, corrió y corrió, tanto que ya no sabía donde estaba. Se sentó en la entrada de una casa, mirando hacia el suelo, tenía miedo y no sabía que hacer. Al poco tiempo empezó a llover, sólo tomó unos pocos minutos para que el chico estuviera completamente empapado. Con toda la ropa mojada, se paró y comenzó a observar a la gente. Todos se veían tan felices con sus ropas limpias, secas gracias a los paraguas, con su panza llena, exhibiendo grandes sonrisas en sus rostros, hablando por celulares, escuchando música, comprando ropa, golosinas y toda clase de trivialidades. Fue entonces cuando Martín no pensó, sino que actuó. Estaba cansado de tener hambre, de ser pobre, de ser infeliz. Vio a una mujer de avanzada edad con un monedero en la mano, corrió hacia ella, agarró el monedero con todas sus fuerzas, y siguió corriendo. La mujer cayó tras de él.

Lo siguiente sucedió muy rápido, quizás demasiado rápido para cualquier de aquellos que estaban en la escena. Alguien gritó que atrapen al ladrón, otro que llamen a una ambulancia, se escucharon pasos, furiosos, rápidos, temibles, persiguiendo al chico, mientras que un tumulto se acercaba a la señora. Martín no podía parar, no ahora, ya era demasiado tarde, los pasos cada vez estaban más cerca, el grito de una mujer retumbó en el viento, y luego, otro grito, esta vez masculino, ordenándole al pequeño criminal que detenga su paso, éste hizo caso omiso, siguió corriendo, sólo atinó a mirar atrás y ver como rodeaba un grupo de desconocidos a la víctima tirada en el suelo, y por último, el ruido de una frenada, seguido por una patinada, terminado por el choque de los frágiles huesos del niño contra el frío y despiadado paragolpes de un camión que no pudo esquivarlo.

Ernesto no soltó una lágrima, no lo tenía permitido, solo la intimidad de su cuarto podía escuchar su llanto. Ver el pequeño cuerpo de su primogénito era demasiado para él, sin embargo, se mantuvo firme. Su preocupación era cómo pagar el velatorio. Afortunadamente, una agencia le permitió pagarlo en muchas cuotas, quizás por lástima, quizás por negocio, quizás por ambas. Semanas pasaron y el olor de Martín todavía se podía sentir en algunos rincones del hogar. Mientras tanto, las cosas estaban cada vez peores, no había día que Ernesto no discutiera con su mujer y el más pequeño pasaba días enteros sin decir una palabra, sin siquiera jugar, solamente se quedaba quieto en su lugar, mirando al vacío.

Los meses pasaron, la situación empeoró considerablemente. Su hijo ya era un fantasma, con su mujer no se hablaba, y mantenía en secreto la orden de desalojamiento que le había llegado por incumplimiento con tantas deudas. En cinco días estarían en la calle, sin techo ni lugar donde dormir, sin dinero para comer, y con la familia separada por la perdida de uno de sus integrantes. Fue entonces que Ernesto se fue a caminar un poco.

Sus pensamientos lo llevaron hasta la esquina donde había fallecido Martín, era en el corazón del barrio más caro de la provincia, donde todos parecían ser felices. Todos con sus familias completas, con comida en sus panzas, con ropa limpia y una gran sonrisa. Fue entonces que Ernesto comprendió los sentimientos que llevaron a su hijo a robar, y también entendió que era algo que él tenía que hacer. No podía permitir que desalojen a su familia, que mueran de hambre, empujarlos hasta el extremo de salir a robar, y que encima, hubiera gente con tanto dinero que no supiera en qué gastarlo.

Prestó atención hasta encontrar a la víctima perfecta, vestido con traje y corbata, anteojos negros y zapatos todo en perfecta armonía e increíble prolijidad, un ciego caminaba ayudado con su bastón, transportando un gran maletín negro. Lo esperó unos segundos, y cuando el ciego lo pasó, Ernesto se levantó y lo comenzó a seguir. Al principio de lejos, luego acercándose más y más. Cada centímetro que se acercaba a su objetivo, su cabeza lo inundaba con preguntas y lo intentaba convencer de que se retire, que no era la solución. Ernesto apretó los dientes y siguió con su plan. No fue hasta que estuvo con sus manos prácticamente sobre el maletín que se detuvo. Se quedó paralizado, sin moverse, había caído en la realidad, estaba por robarle a un ciego.

Al mismo tiempo que Ernesto estaba inmóvil, el ciego dejó de caminar. Se quedó unos segundos en silencio, y con una voz desafiante le preguntó cuándo iba a cometer el atraco, que no tenía todo el día. Ernesto intentó hablar, tenía un nudo en la garganta. Balbuceó unas palabras, y con mucho esfuerzo terminó pidiendo perdón y asegurándole que estaba más que arrepentido, y que ya estaba yéndose. El ciego replicó que eso encajaba más con su personalidad, abrió su maletín, sacó un objeto y se lo entregó a Ernesto. “La esperanza es lo último que se pierde” le dijo, y siguió su camino.

Ernesto extrañado por la situación que había vivido miró sorprendido el objeto que el ciego le había dado, era una taza, blanca y de arcilla, era la taza más común que alguien jamás haya visto. Dio una vuelta y empezó a caminar hacia su casa, pensando en todo lo que había sucedido aquella noche. Al llegar a su hogar dejo la tasa en la mesa y se acostó sin tener una solución ni nada que se le parezca al problema del desalojo. Se repitió a si mismo: “La esperanza es lo último que se pierde”, mientras quedaba profundamente dormido.

Un año después, la situación lo encontraba a Ernesto parado al lado de la cama de su hijo, teniendo su mano mientras éste volaba en fiebre. Habían pasado varios meses en la calle y en el frío, y desde hacía tres semanas estaban en un refugio para desamparados. Tenían una sola cama para los tres, pero sólo su hijo y su mujer hacían uso de ella, él vigilaba durante las noches y salía a trabajar temprano por la mañana. Sin embargo, desde que Leandro había empeorado, Ernesto ni siquiera iba a trabajar, lo cuidaba todo el día. Lo que había empezado con una fiebre ahora además se le sumaba convulsiones y delirios. No había doctor en el refugio ni dinero para llevarlo a un hospital, la decisión de los padres fue esperar a que se le pase, “La esperanza es lo último que se pierde” se repetía a si mismo Ernesto. Una noche, se sirvió un poco de té en la taza que le había regalado el ciego, y se sentó en la orilla de la cama. Tomó todo el té y de repente, comenzó a llorar, inexplicablemente, agobiado por todos sus problemas, Ernesto sin emitir sonido o hacer gesto alguno, lloró lo que hacía meses necesitaba llorar. Las lágrimas simplemente brotaban de sus ojos, atravesaban su cara, y caían atraídos por la gravedad.

Luego de varios minutos, miró hacia abajo, y notó como una de sus lágrimas caía dentro de la taza regalada, para acto seguido transformarse en otra cosa. Ernesto no lo podía creer, pensó que la locura lo había vencido. Se secó los ojos y dio vuelta la taza, tapando la boca con la otra mano. Una piedrita brillosa yacía ahora en la palma de Ernesto. La apretó, la mordió, sintió su sabor, no estaba seguro lo que era, pero jamás le había ocurrido algo tan extraño. La guardo en su bolsillo y esperó hasta la salida del sol.

A las pocas horas, con las primeras luces del alba, fue a toda prisa a una joyería donde había pintado varias veces las paredes, y le preguntó al joyero si aquella piedrita tenía algún valor. La sonrisa presumida del joyero se desvaneció a los pocos segundos. Con voz desesperada y cara de sorpresa le pidió algo de tiempo y se llevó la piedra al fondo, Ernesto estaba ansioso y contento, parecía que iba a tener una buena recompensa. A los quince minutos volvió a tener noticias, su ocasional empleador le dijo que aquella piedrita era un diamante, y que le ofrecía quinientos pesos por ella. Ernesto no lo dudó y tomó su dinero.

Dos semanas más tarde, Ernesto nuevamente se encontraba sosteniendo la mano de su hijo que estaba acostado en cama, gravemente enfermo. Esta vez en un hospital, medicado y con la atención necesaria. Tenía muy pocas chances de sobrevivir, puesto que su enfermedad estaba muy avanzada, sin embargo, el padre no perdía la fe en él. Los únicos momentos donde lo dejaba solo era por las noches cuando experimentaba con la taza, intentando volver a realizar el milagro. Todas las noches a la misma hora de la última vez, se servía el mismo té, hacía la misma recorrida, pensaba en las mismas cosas y aun así no era capaz de volver a obtener una piedrita. Él sabía que la piedrita había aparecido luego de que cayera una de sus lágrimas dentro de la taza, sin embargo, era incapaz de llorar.

Una noche, luego de uno de los días más difíciles para Leandro, tomó una cebolla, la cortó y se la refregó por sus ojos, nariz y boca, hasta que las lágrimas aparecieron nuevamente, y luego, con la taza en la mano, empezó a llorar dentro de ella. Su corazón latía rápidamente, estaba muy nervioso. Dejo caer varias lágrimas, y por más atento que estuvo, no vio ninguna señal de piedrita, dio vuelta la taza y nada, no había nada. La apoyó en la mesita de luz y se agarró de los pelos, mientras pensaba en la mala suerte que había marcado cada paso a lo largo de su vida. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por los monitores de su hijo, que empezaron a prender luces y a hacer sonidos.

Antes de comprender la situación, un equipo de enfermeras y doctores llegó a Leandro, lo vieron, lo tocaron, hablaron entre ellos y se lo llevaron del cuarto. Mientras Ernesto desesperado lo perseguía y la mujer intentaba alcanza su silla de ruedas, alguien le explicaba que no había tiempo de explicar, pero que era de suma urgencia realizar una operación, y que lo estaban trasladando al quirófano. Horas pasaron, aunque muchos hubieran jurado que fueron días, hasta que apareció una bata blanca, ahora manchada con rojo, y un barbijo descubriendo una boca que soltaba unas palabras raras, sin mucho sentido, pero que mencionaban frases como “Lo sentimos” “Hicimos nuestro mejor esfuerzo”. Ernesto intentaba comprender pero no podía, su cerebro no lo permitía. Se paró y ordenó que lo lleven con Leandro, pero los brazos que estaban inmóviles ahora lo intentaban calmar y lo querían mantener sentado. Ernesto los empujó y atravesó la puerta hacia el quirófano, corrió varios metros y llegó hasta una sala con vidrios transparentes, donde cirujanos y enfermeras se sacaban guantes y se miraban desilusionados. Ernesto entró e ignorando los gritos que ordenaban que se retire, se acercó a la camilla, descubrió la manta, y vio la cara de Leandro por última vez. Sin embargo, ya no era él, era sólo su cuerpo, inconsciente, sin vida, apagado.

Volvió a la sala de espera, estuvo varios minutos allí. Luego, fue a buscar sus pertenencias al cuarto de su hijo y encontró el único juguete que poseía, un oso de peluche regalado por una enfermera. Le faltaba un ojo y se le salía el relleno por las costuras, sin embargo, era el único recuerdo que quedaba de Leandro. Lo abrazó y comenzó a llorar, desesperado, indignado, maldiciendo su destino y a su Dios. Lloró como nunca antes lo había hecho, mojó la almohada y la cama, y detuvo su vista sobre la taza. Todavía llorando, la tomó y vio como sus lágrimas caían dentro de ella, al igual que la noche anterior, sin embargo, notó como cada una de esas gotas se transformaba en una piedrita, como la primera vez. Fue en ese momento que entendió todo.

Pensando en la pobreza que había marcado su vida, en el hambre que sentía día a día, en las cosas que jamás tuvo él y ninguno de sus hijos, en la mala vida que le dio a su mujer, en la muerte de sus hijos, provocada por el hambre y la falta de hogar, se dio cuenta que con dinero él no estaría ahí, estaría en una casa con chimenea, en el calor del hogar, jugando con sus hijos, abrazándolos, haciendo la tarea con ellos, llamándolos a comer, arropándolos para dormir, que toda la miseria que había sido su vida, sería nada, excepto dicha y felicidad, caminando con una gran sonrisa al igual que aquellos de los barrios ricos.

Pensando en todo esto y más, pidiéndole perdón a sus hijos y prometiéndoles un futuro mejor, sostenía la taza en una de sus manos y el cuerpo de su mujer en uno de sus brazos, mientras que un cuchillo ensangrentado yacía en el suelo y él se repetía a si mismo: “La esperanza es lo último que se pierde”, lo cual era verdad, ya que la razón lo había abandonado hace tiempo. Sin embargo, en su último momento de lucidez, no pudo descifrar si en aquel rincón con la última integrante de su familia muerta en sus brazos y con la taza llena de diamantes era más o menos pobre de lo que alguna vez había sido en su vida.

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Basado en el relato mencionado en The Kite Runner.




domingo 21 de septiembre de 2008

La Saga de los Objetos Infernales. Intermedio I.

Twisted Ink Productions Presents:

La Saga de los Objetos Infernales. Intermedio I.
By Chebing




La Historia de Dohkko.

Nacido en algún momento del Siglo XVII, Dohkko rápidamente descubrió sus poderes y las obligaciones que éstos traían. Sus padres eran allegados a Luis XVI, máximo representante de la monarquía absoluta en la cual se sumergía Francia, país de residencia del Elegido.

Gracias a sus influencias políticas, sus padres se aseguraron de brindarle hospedaje y educación en el castillo real. Dohkko contaba con profesores especializados que pasaban todas las mañanas con él, preparándolo para el mundo que en un futuro no muy lejano debería enfrentar. Se especializó en biología humana, hierbas y astrología, sin dejar de lado ni la literatura ni la historia. Aprendió sobre la lengua y cultura de otras naciones vecinas y entendió su insignificancia en un mundo tan grande. Un hombre de letras, con una ética y moral intachables. Un pupilo perfecto.

Por las tardes, el desafío aumentaba considerablemente. Sus enemigos eran los espadachines más talentosos de toda Francia, pero poco conocían de compasión. Cortes, fracturas, esguinces, cicatrices, sólo un día más de práctica para el Elegido. Habilidoso con la espada, excelente jinete y gran estratega, Dohkko tenía un futuro asegurado en el ejército francés.

Un día como cualquier otro, sufrió un corte en la mano derecha, de gran profundidad y mucho dolor. Sin embargo, esta situación era perfectamente normal para Dohkko quien se dirigió con su profesor para que éste le aplique una mezcla de hierbas especial para detener la sangre. Fue en ese momento que comprendió que debía empezar a valerse por sí mismo, sin depender de los demás. Después de varias horas de pasear por los jardines y alrededores del castillo, consiguió casi todos los elementos necesarios para hacer una pomada que, en el mejor de los casos, tendría un efecto equivalente al cóctel de hierbas que le daba su profesor.

Lo único que faltaba para la mezcla era un extracto de Hyperycum Perforatum, que según había aprendido, era ideal para la rápida cicatrización. El problema es que esta planta sólo podía ser encontrada en los bosques al noroeste de Francia, cerca de la ciudad Mulhouse. Para esto, preparó un pequeño bolso donde llevar su ropa y afiló su espada, para así estar preparado ante todo riesgo que pudiese encontrar en el camino.

Su última noche en el castillo fue difícil. No pudo conciliar el sueño y su mente estaba obsesionada con el viaje, algo le decía que su vida cambiaría para siempre. Pensó cuidadosamente cada detalle de su jornada, era necesario evitar las rutas peligrosas, los pueblos rebeldes y los caminos en la mira de los delincuentes. Antes del amanecer se cambió, guardo las últimas cosas y fue al establo a buscar a su compañero.

Para el amanecer, Dohkko ya estaba cabalgando hacia Mulhouse. Debía cumplir con su cronograma al pie de la letra, ocho horas para dormir, tres horas para comer y recorrer las ciudades, una hora para que el caballo pueda comer y descansar en distintos momentos del día. Esto le dejaba doce horas de cabalgata en total, alcanzando los cien kilómetros diarios de recorrido. Si todo salía perfecto, tres días después estaría llegando a destino.

Acostumbrado a la agitada vida de la realeza, ahora el Elegido se encontraba con mucho tiempo libre para reflexionar y despejar su mente. La mayor parte de sus pensamientos estaban dirigidos a sus padres, a quienes nada les había dicho sobre el viaje. Se sintió culpable por ocasionarles semejante preocupación y decidió escribirles una carta en cuanto llegara al primer pueblo. Luego, con sus escritos sobre hierbas medicinales siguió trabajando en la formula para la poción de la juventud eterna.

Si bien en teoría era posible producir un extracto de hierbas capaz de rechazar la senescencia del organismo, favoreciendo la homeostasis y perfeccionando el sistema inmunológico, nada garantizaba que aquella sea la respuesta para la juventud eterna. Sin embargo, la mente inquieta de Dohkko estudiaba y modificaba la formula varias veces al día intentando alcanzar el que sería el invento más grande de toda la humanidad. Necesitaba adaptar los componentes para que puedan mezclarse en la sangre sin que pierdan sus propiedades y sin que resulten mortales para el huésped.

Pensó y pensó pero no podía dar con aquél elemento que reuniera todas las propiedades deseadas. Sin embargo esto no hacía más que alimentar la curiosidad de nuestro pequeño aventurero, que estaba decidido a alcanzar sus objetivos. Cuando el sol se escondía en el horizonte, el Elegido alcanzó la ciudad de Marseille, el primer punto seguro en su ruta. Lo primero que hizo fue conseguir un buen establo donde pudiera descansar su caballo y sea atendido adecuadamente, luego, escribió y despachó la carta a sus padres explicándoles la razón de su partida y el momento de su regreso. Por último, encontró una pequeña estancia donde pasar la noche, el día siguiente sería agitado.

Con la luz del alba, Dohkko ya estaba cabalgando hacia los bosques de Galfingue, su jornada todavía tenía dos días más por delante. Para evitar los caminos más peligrosos, la opción elegida era desviarse a los senderos más desolados de Francia, descartando la posibilidad de alcanzar una ciudad durante la tarde y con la esperanza de hacerlo bien entrada la noche.

Su única compañía era su fiel caballo. Atravesaron pantanos, bosques, senderos oscuros, caminos empedrados y todo tipo de obstáculos. En su jornada no encontraron a ningún otro ser humano. Hasta casi ningún animal se interponía en su camino. Por este motivo, ningún delincuente estaba dispuesto a desperdiciar valiosas horas de su vida vigilando lugares completamente despoblados. Era mucho más fácil acomodarse cerca de la entrada a las ciudades y tener un poco de paciencia.

Nuevamente el Elegido empezó a reflexionar sobre sus anotaciones en Hierbas y Pociones. Su cabeza no podía dar con aquél compuesto que aseguraría una fusión positiva y completa con la sangre sin representar riesgos para el inyectado y sin que se pierdan las propiedades de los demás compuestos.

Luego de varias horas de estudiar el problema decidió despejar su mente, y mientras hacían un descanso comprendió que no había bautizado a su caballo. Pensó y pensó, pero ningún nombre era lo suficientemente bueno. Dohkko creía que el nombre tenía que ser una fiel representación de la mente, cuerpo y alma, por ello, no podía ser tomado a la ligera. Pasado un buen rato emprendieron su camino, pero todavía no había sido elegido ningún nombre. El cálido sol empezaba a esconderse en el horizonte, lamentablemente todavía faltaban bastantes kilómetros para la próxima ciudad.

El camino comenzaba a volverse realmente tenebroso. Dohkko y su caballo se sumergían en la oscuridad de la noche cuando encontraron la entrada a la cueva que conectaba su ruta con la entrada de la ciudad. En sus cálculos olvidó considerar la absoluta oscuridad en la cual debería sumergirse. Según los libros, sólo tenían quinientos metros para recorrer antes de alcanzar el otro extremo de la cueva, lo cual era suficientemente tentador como para aventurarse.

Dohkko bajó del caballo, avanzó hasta la entrada. Observó una luz tenue a lo lejos. Pensó durante unos minutos y tiró de las correas de su acompañante. La decisión había sido tomada, cruzarían la cueva.

Al dar los primeros pasos en lo desconocido, su corazón comenzó a inquietarse, sin embargo, no era el único. Su caballo estaba tan nervioso como él. Siguieron caminando hacia la luz con pasos cortos y seguros. La salida se acercaba lentamente.

De pronto, cientos de pequeños ojos se hicieron visibles en las paredes de la cueva. Dohkko se quedó paralizado y su caballo relinchó ferozmente, lo cual sólo logró empeorar las cosas. Ante el amenazador ruido, los murciélagos comenzaron su vuelo mientras el relincho seguía retumbando en la cueva. Dohkko se subió al animal y empezaron la corrida hacia la luz. Nuestro protagonista cubría su cara mientras era golpeado una y otra vez por estos pequeños asesinos.

Rápidamente atravesaron la salida y detrás de ellos salió la nube negra formada por estos depredadores nocturnos. Siguieron avanzando hasta llegar a terrenos más seguros y luego Dohkko bajó del caballo y se desplomó en el suelo. Estaba exhausto. Luego se paró, abrazó a su compañero y susurro en su oído: “Eco”. Aquel sería el nombre que acompañaría al animal por el resto de su vida. Minutos después estaban descansando cómodamente en una casa con establo en las afueras de la ciudad. El próximo amanecer traería muchas sorpresas para ambos.

Con la luz del alba, Dohkko ya estaba cabalgando hacia los bosques de Galfingue, la primer parte de su jornada terminaría ese día. Cabalgó durante horas y horas, hasta q al atardecer llegó a su destino. El bosque era verdaderamente hermoso, y había todo tipo de flores. Buscó el dibujo que había hecho sobre la Hyperycum Perforatum y sus apuntes para encontrarla, luego, se bajó del caballo y empezó a caminar a ritmo lento, examinando las flores que encontraba en su camino.

Era un lugar tan bello y apacible, Dohkko estaba fascinado con lo que veían sus ojos. Eco aprovecha para comer y descansar, había sido un viaje muy duro para él también. Buscaron y buscaron, y cuando el sol empezaba a esconderse en el horizonte, Dohkko pudo encontrar su tesoro, la flor que había venido a buscar. Cortó varias Hyperycum Perforatum y las guardó entre sus cosas. Subió a la espalda de Eco y empezaron el viaje a casa.

Estaban abandonando el bosque cuando de repente aparecieron dos bandidos. Sus ropas estaban llenas de tierra, su cara manchada con barro. Desprendían un fuerte olor a alcohol y aparentemente no llevaban armas consigo. Sorpresivamente y sin decir palabra alguna embistieron contra Dohkko, quien cayó al piso. Luego, Eco empezó a correr y se perdió entre las sombras. Nuestro héroe rápidamente se re incorporó y se preparó para luchar. Antes de comenzar el combate, ellos fueron advertidos, él era un excelente guerrero y no tenía miedo de lastimarlos, ellos se rieron sin saber la suerte que corrían.

El más grande de los delincuentes se abalanzó sobre el pequeño Elegido, pero éste lo esquivó mientras el primero se estrellaba la cabeza contra un árbol. Mientras se levantaba el segundo empezó su ataque, midiendo los movimientos de Dohkko, quien estaba en una posición pasiva. Con varios movimientos de piernas, cortos pero rápidos, quedó enfrentando a ambos bandidos, quienes se miraron entre ellos y decidieron atacar juntos. Era ahora o nunca, Dohkko desenfundó su espada, fue contra ellos, y clavó su sable en el pecho del más pequeño de los agresores, luego, se tiró contra él esquivando el ataque del más grande. Rápidamente sacó su espada y volteó sólo para recibir un golpe en su cara, que lo derribó instantáneamente, ocasionando que suelte su arma.

Su cabeza giraba, no sabía donde se encontraba. Luego, un golpe en el estómago lo dejó sin aire, y unas manos empezaron a asfixiarlo, el gigante estaba sobre él. Con sus manos agarró las del enemigo y las apretó fuerte, pero no funcionaba. Se acababa el tiempo y no sabía que hacer, cada vez las luces se iban apagando más y más. Quizás por reflejo, aunque probablemente haya sido solo desesperación, con sus últimas fuerzas utilizó la rodilla para pegarle al bandido y sacárselo de encima. Se paró y vio la espada, cuando empezó a correr hacia ella sintió su tobillo pegado al suelo, era su enemigo sujetándolo. Dohkko cayó sobre sus narices. Se estiró para alcanzar el sable pero le faltaban unos cuantos metros. Entonces sintió que lo arrastraban hacia el lado contrario. Empezó a patear aquella mano que no le permitía re incorporarse pero no logró escapar. El gigante lo levantó por los aires, agarrándolo del cuello. Dohkko tiraba patadas pero poco conseguía con ello, la diferencia física era muy grande. Entonces, el bandido apretó con todas sus fuerzas y lo arrojó contra un árbol. El Elegido quedó tirado en la base del mismo.

Se despertó y sus ojos daban vueltas, sentía dolor en todo su cuerpo. El bandido estaba con su compañero, comprobando si éste tenía pulso. Dohkko no hizo ruido y buscó con los ojos el sable. No estaba lejos. El enemigo entendió que su compañero estaba muerto, le pegó al suelo y dejó escapar un grito de furia. En ese momento Dohkko se abalanzó sobre el sable. El bandido lo vio y fue en su búsqueda. Nuestro héroe se apuró, tomó el arma y giró intentando lastimar a su adversario sin estar siquiera seguro de su posición. Por suerte, los Dioses le sonrieron y el filo de su espada terminó provocándole la muerte a su enemigo, quien cayó agarrándose el estómago con sus rodillas en el suelo y sus ojos bien abiertos, con expresión de sorprendido.

Dohkko se sentó en el pasto, necesitaba recuperar aire. Estuvo unos minutos hasta que decidió levantarse. Fue en ese momento que sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo. Miró, y tenía una herida muy profunda a lo largo de su antebrazo, estaba perdiendo bastante sangre. Se asustó pero sabía lo que tenía que hacer. Revolvió sus cosas y encontró la fórmula para preparar la pomada cicatrizante. Ahora que había conseguido Hyperycum Perforatum tenía todo lo necesario para terminarla. Se apuró a combinar las plantas y con la ayuda de una pequeña rama mezcló las sustancias. Luego de quince minutos, el proceso había concluido. El resultado era una pasta verdosa que se podía manejar muy fácilmente.

Sin perder más tiempo, esparció parte de la pomada por sobre la herida, de manera uniforme y sin dejar sectores lastimados al descubierto. Lo primero que sintió fue que su sangre comenzaba a enfriarse, de pies a cabeza, sentía la sangre helada recorrer todas sus venas. Miró su herida, la pomada había cambiado de color, se había tornado roja como la sangre. De pronto, empezó a desaparecer, era como si estuviera siendo absorbida por la sangre misma. Siguió prestando atención a la pomada que cada vez se ponía más y más roja y que ya era difícil distinguirla de la sangre. A medida que iba desapareciendo se dio cuenta que sus heridas estaban sanando por completo. No podía creer lo que sus ojos veían. Al cabo de quince minutos, la pomada había desaparecido por completo y se había llevado sus heridas con ella. Dohkko estaba sano como si nunca nada le hubiera pasado.

Sin dolor ni sangre, se paró y juntó sus cosas. Estaba pensando en ir a la ciudad a buscar un nuevo caballo, puesto que el Eco se funde en el viento para nunca volver, y en ese momento fue cuando lo entendió, debía seguir el viento para encontrar el Eco. Fue así que caminó en sentido sureste, buscando a su acompañante. Durante su caminata, pensó en la reacción de su cuerpo ante la pomada. Él sabía que ningún componente presente en la mezcla podía haber alterado su cuerpo de esa manera, sabía que había algo más, algo que había cambiado dentro de él.

Pensó y pensó, sin embargo, la respuesta estuvo siempre consigo. Ninguna sustancia en el planeta podía curar las heridas con tanta rapidez, era su propia sangre la que lo había conseguido. Su sangre, mezclada con el ungüento, había conseguido la cicatrización instantánea de sus heridas, sino, no podría explicar la reacción de la pomada al producirse el contacto.

Entonces, su mente avanzó rápidamente y armó el rompe cabezas. Quizás su sangre sería el elemento necesario para completar la formula de la inmortalidad. Él sabía, pero no podía explicar, que ahí se encontraba la respuesta, sólo debía probarlo. Estaría vivo toda su vida, o no llegaría a ver el próximo amanecer, pero la decisión ya había sido tomada. Leyó sus apuntes y anotaciones. Hizo una lista con las cosas que necesitaba. Por suerte, él tenía la mayoría, y el resto podría conseguirlas en la ciudad.

Siguió caminando en dirección del viento en busca del Eco, para luego ir a la ciudad y preparar la poción de la inmortalidad. Él sabía que no era el mismo, que algo había cambiado. No podía explicarlo, lo único que tenía claro es que en un futuro llegaría su tiempo para pelear, su oportunidad para defender lo más sagrado. Sabía que el tiempo le preparaba grandes cosas, y debía estar preparado. El aire de las montañas quizás sería bueno para su entrenamiento.

Esa misma tarde murió el Dohkko que incluso él conocía, y nació Dohkko, el Maestro de las Almas, el Elegido.

lunes 15 de septiembre de 2008

8 Pasos al Infierno.

Twisted Ink Productions
And Broken Heart Memories Presents:

8 Pasos al Infierno.
By Chebing






I. Amor

"Puedo ver lo hermosa que eres, ¿puedes sentir mis ojos en ti? Soy tímido y miro para otro lugar. Obsesionado por ti, por tu apariencia. Bueno, 'Cualquiera día moriría por ti' escribo un papel ya borrado. Me doy cuenta, no puedo tenerte, no puedo dejarte, porque debo, a veces, verte. Y no entiendo cómo puedes mantenerme en cadenas . Y cada hora que pasa siento que tomas poder de mi, y no puedo irme repitiendo la escena otra vez."

"Somos los corazones congelados y las almas en llamas."

"Tu me viste confesando mi amor por ti y tocaste mi mano, supe entonces que me amabas."

Considero que ésto no es más que un homenaje, un último adiós a un gran artista y un excelente ser humano. Por más que no se hayan publicado trabajos suyos en cinco años no quiere decir que él haya dejado de componer. Es más, él ha escrito muchas obras de arte en todo este tiempo, sólo que eran demasiado privadas para ver la luz. He aquí donde empieza mi labor.

II. Tristeza

"Aquellos que se han unido gracias a la música, ahora han sido separados."

"Como una llama eterna, nuestro amor permanecerá, mientras partimos hacia el Lago de las Lágrimas."

"Como puedes ver, soy sólo piezas de lo que solía ser."

He clasificado los fragmentos según mi criterio, según los sentimientos que considero invadían el corazón de mi amigo en cada momento. Y no hago más que publicarlos textuales, dentro de la etapa que considero correcta. Mi objetivo es simple, que todos conozcan un poco más de este artista y que sepan que existía una persona como todos nosotros bajo esa coreza que le daba la fama. Además, tengo la esperanza de poder comprender un poco más de aquello que mi mente se resiste a entender.

III. Ira

"Traicionado, me siento tan esclavizado. Verdaderamente lo intenté, cumplí con mi condena."

"Me enojo, grito, lástimo, odio, odio todo, por qué, por qué yo?
No puedo dormir con una cabeza como ésta, quiero llorar, quiero gritar.
Me enojo, grito, lástimo, odio, quiero odiarlo todo."

"Dulce rubia, tu camisa de fuerza en mi corazón está por terminar.
Supongo que la vida, a veces, no sigue el camino que uno quisiera.
Cierra tus ojos, no digas que me amas, prostituta.
Nunca sentiste nada de lo que dijiste
Cuando hay vida, hay guerra, perdoname ahora y mantente con vida esta noche.
Te prometo el final antes de que llegue el amanecer."

Ésto no es una novela, mucho menos una poesía, ni siquiera un cuento corto. Es, simplemente, un conjunto de otro conjunto, el cual nunca conoceremos del todo, pero que se deja ver sólo un poco, reflejando cierta parte desconocida de este gran artista. No olvidemos que además de su vida pública, él era una persona como todos nosotros.

IV. Paranoia

"Tienes un nuevo amor y luce bien en ti.
Nunca había deseado que estuvieras muerta, hasta ahora.
Lo siento, estoy aquí. No estoy seguro si esto te traerá miedo.
Susurro en tu oído: 'Por qué está él aquí?
Ellos dijeron que no te encontraría, pero aquí estoy, al lado tuyo.
Deberías saber que eres mia!
Mátame, por favor mátame.
Mátame antes que te diga que las viejas mentiras siguen vivas."

"Creo que tolero tu ira mientras tengas miedo.
Todo lo que quería era estar contigo y sufrir todos los días.
Abre tus ojos celestes, dime que me amas, prostituta.
Hazme creerlo, oh, sé que estás mintiendo.
Te aseguro, no moriré antes que ti.
Y veré cómo te vuelves el Miedo de la Muerte.
"

No es mi objetivo generar ganancias con esto. Los pocos ejemplares impresos serán entregados en forma gratuita a los familiares y mejores amigos del homenajeado. Además, una copia será enviada al Museo, donde todos podrán contemplarla.

V. Amanecer

"Pareces tan inocente, pero la culpa en tu voz te delata.
Si, sabes lo que quiero decir.
Así que no trates de decir que lo sientes, ni intentes hacer las cosas bien.
No gastes tu aliento porque es demasiado tarde, demasiado tarde."

"Nunca quise convertirme en alguien como él; tan seguro.
Contento de vivir cada día como si fuera el último.
Estaba seguro que sabía que ésto no era para mi.

[...] De repente, la única cosa que quería, era volverme alguien exactamente como él."

"Reunanse capullos de rosas mientras pueden, porque el viejo Tiempo todavía sigue corriendo.
Y la misma flor que sonrie hoy, mañana estará muriendo."

No considero que el título sea sensacionalista, simplemente me parece perfecto. Soy Cristiano, y por mucho que me cueste admitirlo, sólo puedo imaginar un solo castigo para el pecado que ha cometido mi amigo. Mi esperanza descansa en la creencia de la misericordia y la reencarnación.

VI. Oscuridad (Anochecer)

"He estado aquí unas cuantas veces y volveré contigo si tu vuelves conmigo.
Vamos, dejáme abrazarte, tocarte, sentirte, besarte, toda la noche."

"Me vuelvo frenetico en tus calmados brazos.
No puedo dormir en este mundo.
He encontrado seguridad en esta soledad, pero no puedo aguantarla más.
Has lo que quieras con mi corazón, espero no morir."

Ni siquiera yo estaba al tanto de esta situación. Siempre supe que él tenía buenas y malas rachas. A veces estaba triste, a veces feliz. Nosotros hablabamos sobre estas cosas, pero ahora entiendo que él ocultaba sus sentimientos, quizás por orgullo, quizás para evitar que yo me preocupe.

VII. Regresión

"Sentado en una esquina, completamente solo. Mirando la luna entrar por la ventana.
Puede ser que me equivoque, pero, es el amor el que está muriendo.
La Luna Llena está en el cielo, y él no es más un hombre.
Mirá en lo que se ha convertido su amado hombre (corre, corre)."

"Me dices que me marche, pero tus manos me ruegan para que me quede.
Tus labios dicen que amas, pero tus ojos dicen que odias."

"Estoy mirando una puerta rota.
Mi cuarto está frío, me está volviendo loco.
Y cuando me pierdo pienso en ti.
Juntos correremos hacia algún lugar nuevo.
Y nada puede alejarme de ti.
Estaré contigo pronto, sólo tu y yo.
Estaremos ahí pronto, tan pronto."

Esta compilación me llevó relativamente poco tiempo. Una vez que trajeron todas las cosas que pudieron rescatar del lugar yo no presté demasiada atención, porque pensé que todo había quedado arruinado. Sin embargo, una noche mientras revisaba más detinadamente todo lo que me había llegado, encontré el último fragmento de esta "obra", y acto seguido decidí hacer este trabajo. Si bien los fragmentos no tenían fecha, eran perfectamente clasificables.

VIII. Suicidio.

"Eres tan demasiado especial... A mi me gustaría ser especial... Pero soy un monstruo, algo raro.
¿Qué estoy haciendo aquí? Yo no pertenezco aquí."

"Saltaré por ti."

Doy fe que todos los fragmentos que han sobrevivido al fuego están presentes en este trabajo. Y mi teoría personal es que, si bien no hay nombres ni fechas, la inspiración de estos escritos no es una mujer en particular, sino el efecto debastador del Amor en su vida.

"Quién quiere vivir para siempre?"

martes 26 de agosto de 2008

La Saga de los Objetos Infernales. Parte I.

Twisted Ink Productions Presents:

La Saga de los Objetos Infernales. Parte I.
By Chebing





El Sol Rojo.

Ningún hombre sabía sobre la existencia de los Elementales, todos ellos escaparon de su hogar al descubrir sus poderes y se mantuvieron alejados de la civilización. Su misión era un secreto, incluso para ellos, que sólo sabían que llegado el momento, sus manos se mancharían de sangre y el destino de la humanidad descansaría sobre sus hombros. Hasta entonces, debían preparar y su cuerpo y mente, mientras esperaban por la señal, aquella única e inconfundible señal que anuncie la llegada del peligro a la Tierra.

Esta señal llegó junto con el primer atardecer de la primavera

Dohkko se acercó al lago, se sentó en la orilla. La luz de la luna le permitía ver su reflejo en el agua cristalina. Ante las estrellas y el cielo despejado pudo ver su propio rostro, lleno de arrugas, marchitado por el paso del tiempo. Ni siquiera él podía recordar su edad, y cada arruga y cicatriz no eran otra cosa que medallas, tanto por ganar combates como por retrasar a la Muerte. Pronto, el reflejo en su rostro cambió. Todas las medallas empezaron a desaparecer, la piel se comenzó a estirar, los ojos tomaron un color celeste robado del mismísimo cielo, los labios, ahora más rojos que nunca y los dientes, blancos y perfectos, le mostraron a Dohkko como era su cara hace más de tres siglos, permitiéndole apreciar por última vez la juventud que muchos años atrás vivió en esa llanura de arrugas. Dejó caer una lágrima y se levantó, debía recorrer una gran distancia para llegar al Norte.

“Es bueno ver que todos han llegado a tiempo” – dijo el Elemental. “Por un momento pensé que no iban a responder mi señal. Mi nombre es Kamun-Ra y yo los convoqué esta noche. Debemos actuar rápido, o ésta será la última vez que el sol se ponga en el horizonte”

Todos los elegidos sabían que las palabras de Kamun-Ra eran ciertas, lo podían sentir en su corazón. Sin embargo, no querían creerlo.

“Explicaos” – Gruñó el Mago Oscuro

“Verán queridos compañeros. Mi entrenamiento me ha llevado a planos astrales donde el tiempo y el espacio se doblan uno por encima del otro, permitiendo contemplar la cuarta dimensión, el Tiempo. Así pues, he sido capaz de ver acontecimientos pasados y futuros, todos ellos como si se trataran del presente mismo” – Replicó el Jefe Chaman

“¿Y que os han revelado vuestros sueños?” Preguntó curiosa y tímidamente Mandrake, su corazón palpitaba como un pequeño tambor.

“La destrucción. El fin de la Tierra” – Se limitó a decir Kamun-Ra

Un haz de luz atravesó los cielos e impactó contra un lobo, quien cayó muerto al suelo. Mefisto se acercó lenta y pensativamente. Se agachó, lo acarició, la sangre se esparcía y mojaba sus zapatos. Le cerró los ojos, pronunció una plegaria y empezó a cavar una fosa para enterrarlo. Una vez que terminó con el improvisado funeral, se acercó a otros lobos en el suelo, ellos simplemente estaban desmayados, también habían sido el blanco de práctica para el Elemental. Comprobó que todos tuvieran un pulso estable y luego desapareció en una nube de humo, la tele transportación era algo que ya tenía dominado.

“Por favor. ¿Vosotros creéis alguna de estas farsas? Os propongo aniquilar a este sujeto, una lección por tantas mentiras que ha dicho” – El enojo se hacía presente en el discurso de Chronos

“¡Silencio! Mi nombre es Tempestad y quiero escuchar lo que Kamun-Ra tiene para decir sin que ningún desconocido que ni siquiera ha tenido la decencia de presentarse lo interrumpa. ¿Entendido?” – Los ojos y puños de Tempestad apuntaban amenazadoramente a Chronos

“Perfecto. ¿Vosotros queréis escuchar una sarta de mentiras y engaños? Pero luego os pido que recordéis las siguientes palabras; No podréis salvar a la humanidad de la destrucción, puesto que la destrucción es obra y arte de la humanidad. Y antes que me olvide, mi nombre es Chronos, tenedlo presente” – Una nube de polvo apareció en el lugar donde solía encontrarse el Mago Oscuro. Sólo él sabía su nuevo escondite.

Chronos luchaba ferozmente contra los muertos vivos, ellos eran aproximadamente ciento cincuenta y él sólo tenía una espada para defenderse. Rápidamente lo rodearon y comenzaron el ataque, todos a la vez. Chronos corrió para adelante mientras conjuraba un hechizo para prender fuego su espada. Con el filo y las llamas, empezó a decapitar a sus enemigos, cuyos cuerpos empezaban a prenderse fuego en el pasto del cementerio. Sin embargo todavía quedaban muchos más y estaban sedientos por su sangre, corriendo a toda prisa hacia él. Pero afortunadamente, el Elemental ya tenía una estrategia. Con un rápido movimiento de su espada y pronunciando unas palabras, chocó la empuñadura de su espada contra la tierra, causando que ésta se agite bajo sus pies, provocando una onda expansiva para derribar a los enemigos, quienes se apresuraban para volver a pararse. De repente, Chronos cayó sobre sus rodillas, tomándose el pecho a la altura del corazón. Abrió su camisa y encontró un tatuaje exactamente donde se encontraba aquel órgano. Era una calavera, que brillaba y palpitaba al ritmo de su pulso. Chronos no tuvo tiempo para apreciarlo demasiado, ya que en todo ese tiempo, los muertos vivos se habían reincorporado y ahora estaban encima de él, a punto de atacar, era demasiado tarde para contraatacar. En vez de dar pelea, se limitó a decir unas palabras, y acto seguido, sus enemigos dejaron escapar un grito, cayendo al suelo inmediatamente, dejando de ser vivos para volver a ser sólo muertos. Él se paró y fue a buscar sus cosas, quizás hasta con un poco de melancolía. Ese cementerio había sido como un hogar para él.

“Ahora, por favor, proseguid sabio Jefe Chaman” – Pidió el Mago Blanco.

“Esto es difícil de explicar, puesto que yo no lo domino y apenas lo entiendo. Toda mi vida la dediqué a descubrir el secreto del viaje del tiempo y si bien no lo he logrado, estoy más cerca que cualquier otra creación de los Dioses.” – Kamun-Ra había dado la espalda a los Elegidos, y contemplaba el cielo estrellado que había por encima de ellos, la noche había llegado. “He descubierto una manera de ver mi pasado y mi futuro, pero sin ningún tipo de control sobre las visiones.”

Los Elementales estaban callados, escuchando atentamente el increíble relato del Jefe Chaman, algo dentro suyo les decía que debían creerle. “¿Cómo es posible ver el futuro? ¿Por qué no ha conseguido una forma de controlar semejante poder?” - Inquirió Mefisto.

“Todos estos años, mi entrenamiento ha sido guiado por un libro llamado “El Libro de la Luz” escrito por el propio Zeus, explicando la teoría de las visiones. Luego de muchos años, he sido capaz de dominar mi mente para experimentar estas percepciones sobrenaturales, pero no he sido capaz de ver más allá de unos cuantos segundos de mi futuro inmediato. Sin embargo, según el libro, hay una poción que sirve para causar estas visiones aun en la más virgen de las mentes” – Explicó Kamun-Ra. “¿El problema? Carezco de la magia necesaria para la preparación de semejante elixir.

Tempestad llegó a los pies del volcán. Estaba cubierto en nieve y completamente congelado. Se concentró, reunió fuerza y golpeó el grueso hielo que cubría el volcán. Logró romper parte de éste haciendo un gran agujero en su superficie, pero nada más. Volvió a concentrarse, levantó sus brazos, cerró sus puños, tomó impulso e impacto nuevamente el volcán, pero sólo logró causar un poco más de daño que antes. Luego, se sentó en el suelo y empezó una profunda concentración. Cuando se dio cuenta, su mente estaba invadida por el pensamiento y esencia de otras personas. Necesitaba de una gran disciplina mental para seguir su entrenamiento sin perder la cordura. Con toda la fuerza ajena reunida en su cuerpo, todo impulsó por última vez y golpeó el volcán. El suelo bajo sus pies empezó a temblar, la nieve sobre el volcán empezó a caer, la lava en su interior comenzó a arder.

“Cuéntanos qué han revelado tus visiones” – Dijo Dohkko. Su voz era cálida y dejaba escapar destellos de su sabiduría.

“Sabía que el momento llegaría” – Kamun-Ra bajó la cabeza y cerró sus ojos, recordando exactamente todas las imágenes que habían atormentado su mente horas antes. “Antes de comenzar mi relato, quiero recordarles que sólo soy capaz de ver lo que me pasará a mi dentro de las próximas veinticuatro horas, y que el futuro no está escrito, las visiones sólo muestran las consecuencias de mantener el curso actual de nuestras acciones, dejando lugar a cualquier tipo de cambio voluntario que nosotros queremos introducir. Por esto, el motivo de mi llamada.”

Tempestad apretó sus dientes y cerró sus puños, no podía resistir un minuto más la incertidumbre. Sin embargo, evitó decir palabra alguna y escuchó atentamente. “Hoy, hace unos momentos, he tenido la peor de las noticias. El próximo amanecer traerá un sol rojo y una lluvia de fuego. Luego, la oscuridad” – Todos los Elementales mantuvieron el silencio, sus mentes debían procesar lo que habían escuchado. Todos ellos sabían el significado de un sol rojo.

Mandrake fue hasta donde la cascada se fusionaba con el fondo del río. Ahí, a los pies de la montaña, el agua caía intensamente sobre su cuerpo, ejerciendo una gran presión sobre él. Rápidamente puso sus manos contra el agua que descendía desde lo más alto de la montaña y empezó a decir unas palabras. Lentamente, sus dedos se volvieron blancos como la nieve, y una delgada capa de hielo empezó a formarse alrededor de los mismos. Cada segundo que pasaba el hielo ganaba grosor, congelando los brazos del Elegido. Luego, el frío comenzó a extenderse al agua de las cataratas, congelando gota a gota hasta llegar a la mismísima cima. Pronto, toda el agua se había congelado, formando un gran bloque de hielo. Mandrake luchó para sacar sus brazos de la prisión gélida donde estaban atrapados y retrocedió unos pasos. Chocó ambas extremidades entre sí y vio como caía el hielo bajo sus pies. Luego, haciendo uso de su fuerza impactó con su puño la catarata helada, destrozando el hielo y cambiando el curso del agua, que desafiando la Ley de la Gravedad escaló la montaña, alejándose del fondo del río.

“Entonces, ¿Qué debemos hacer?” – Preguntó Mefisto. “Nos citas aquí diciendo que el fin de la Tierra se aproxima debido a unas ‘visiones’ que has tenido, pero yo no te conozco, y no conozco a ninguno de ustedes. Un ‘sol rojo’, espero que sepas el peso de tus palabras, ‘Elegido’” – La ironía de sus palabras mostraba el miedo que le era imposible de ocultar.

“Las Armas de la Salvación” – Se apresuró a decir Dohkko. “La perfecta combinación y armonía de los Elementales, uniendo su fuerza y sabiduría para conseguirle a la humanidad una última oportunidad”

Kamun-Ra empezó su meditación. Estaba sentado enfrente de la Flama de la Esperanza, que ardía hasta el cielo con un humo espeso y asfixiante. Cerró sus ojos en la oscuridad de sus párpados, pero luego se sumergió en los secretos del tiempo. La visión había empezado. Estaba corriendo, asustado, tenía su báculo en la mano y buscaba con la vista a sus aliados. Sentía una presencia oscura cerca de él. Empezó a gritar conjuros y hechizos mientras la desesperación se apoderaba de él. Corrió y corrió hasta alcanzar la salida de la cueva. Atravesó la salida y vio el reflejo del Apocalipsis. Los dos soles en el cielo, ambos ardiendo, ambos rojos de sangre. Un ruido llamó su atención, volteó y encontró a la presencia maligna. Lo reconoció al instante. Sin embargo, eso había perdido toda importancia. Su misión había fallado. La lluvia de fuego ya había empezado. Se despertó exaltado y supo que aquel era el momento de reunirse con ellos, que quizás todavía había tiempo de parar la masacre.

jueves 7 de agosto de 2008

La Saga de los Objetos Infernales. Introducción.

Twisted Ink Productions Presents:

La Saga de los Objetos Infernales. Introducción.

By Chebing




El Principio del Caos.

El bien y el mal, enemigos y hermanos, distintos e iguales. Habitan en el corazón de los hombres desde los principios del mismo, influyendo, intimidando, amenazando, obligando a elegir un camino. Sin embargo, no existe la maldad pura, así como tampoco existe la bondad absoluta, quizás esto se debe a que ninguna decisión responde por completo al bien o al mal, sino que es una combinación de ambos.


Solo aquellos enviados por los Dioses para reestablecer el orden en tiempos de caos son quienes pueden elegir entre el bien y el mal, y hacer de esta decisión, su camino. Éstos, sólo tienen en común con los hombres su aspecto físico y lenguaje, y su misión es proteger al mundo del mal inminente, no importa cuál sea el precio. Si bien nacen como bebes normales, pronto desarrollan sus habilidades sobrenaturales, adquiriendo así su título de Elemental de los Dioses.


Cada uno, además de elegir su camino, se sumerge en un entrenamiento para fortalecer cuerpo, mente y espíritu, separándose cada vez más del resto de los hombres. Ellos conocen su misión y saben que cuando el momento llegue, deben estar más preparados que nunca, pues son la última esperanza de toda la humanidad.


Sin embargo, los elementales son libres, cada uno elige su camino y desarrolla las habilidades que cree más convenientes, convirtiéndolos en luchadores versátiles que al reunir sus poderes son invencibles. Los elegidos son los siguientes:


- Dohkko, el Maestro de las Almas. El más viejo de los Elementales. Entrenó durante años su mente y espíritu.


- Tempestad, el Gladiador Mágico. Su entrenamiento consistió en recorrer los lugares más terribles del planeta y sobrevivir en las condiciones más extremas. Su meditación es inigualable con la de cualquier otro.


- Kamun-Ra, el Jefe Chaman. Preocupado por desarrollar mente y espíritu, este gran guerrero dedicó su vida a descubrir la unión entre el presente y el futuro.


- Mefisto, el Oscuro Guardián. Dedicó su vida a conocer, entender y practicar la magia prohibida. Quizás el Elemental que más sabe sobre hechizos y conjuros. Dicen que es el más cercano a los Dioses.


- Chronos, el Mago Oscuro. Uno de los dos Elementales más poderosos. Su entrenamiento consistió en desarrollar todas sus habilidades a la vez, sin concentrarse en ninguna en especial.


- Mandrake, el Mago Blanco. El único cuyo poder se compara con el de Chronos. Fuerte en todos los aspectos, pasó parte de su vida entendiendo y practicando las artes oscuras.


La combinación de sus poderes y habilidades resulta en el arma perfecta para derrotar cualquier peligro que amenace la Tierra o a sus habitantes, estos seis Elementales tienen el destino de los hombres en sus manos, y ponto será el momento de demostrar su potencial…


jueves 24 de julio de 2008

El Elegido


Twisted Ink Productions Presents:

El Elegido

By Chebing



Cuenta la leyenda que cuando el cielo se ponga negro, y el futuro de la humanidad se vea amenazado, él será quien nos rescate de la oscuridad y haga brillar el sol una vez más, Él, sólo él, es capaz de destruir la maldad que atormenta los hombres, de asesinar a las criaturas del infierno. Él, el único, el inmortal, el salvador, el elegido. Dicen los viejos sabios que él no puede ser herido por ningún hombre mortal, y que la llama de su vida se extinguirá al devolver la esperanza a la gente. A él necesitábamos para poner fin a la “Era de la Oscuridad”.


Durante años nuestro objetivo fue encontrar al elegido y procurar que la profecía se cumpla. Hacía ocho años que la oscuridad se había apoderado de los cielos y todavía no habíamos sido capaces de dar con él. Recorrimos todo el mundo en su búsqueda, esquivando a las criaturas que rondaban en busca de sangre fresca, arriesgando nuestra vida por una simple leyenda. Sin embargo, sabíamos que algunas leyendas eran más que eso, así como también sabíamos que si nos quedábamos de brazos cruzados, la humanidad estaría sometida hasta el fin de los tiempos.


No teníamos rumbo fijo, simplemente viajábamos de un lugar a otro según los rumores que escuchábamos. Los monstruos infernales eran inmunes a los ataques de los mortales, y cuando fallecían, un trueno descendía de los cielos, iluminando un poco la oscuridad, causando destrucción por última vez. Así que, básicamente, estábamos condenados a mirar el cielo, esperando por una lluvia de truenos, que nos ilumine no con su luz, sino con su esperanza.


Sin embargo, los años pasaban y la tripulación estaba cada vez más cansada de viajar. Los pocos que tenían familia no la habían visto desde que empezó nuestra misión, y no recuerdo cuando fue la última vez que pudimos descansar más de cinco horas. Si no encontrábamos al elegido pronto, la humanidad tendría que buscarse a otros pobres diablos que hagan su trabajo.


Quizás, uno de los mayores problemas era la constante presión que teníamos causada por los monstruos infernales. Estas bestias adoptaban las formas de los animales, pero su pelaje era reemplazado con llamas, sus ojos se volvían rojos, su tamaño aumentaba hasta casi el doble y su instinto asesino se multiplicaba hasta convertirse en una verdadera maquina asesina. Si estas criaturas te encontraban, tu única opción era correr, puesto que eran invencibles, o sino, podías rezar para tener una muerte rápida.


Nuestro secreto para mantenernos con vida era “El furtivo”. Así habíamos apodado al hombre más valioso del grupo. Él era el encargado de escuchar, y a veces oler, a estas criaturas para así protegernos. El plan era encontrar refugio y quedarnos bien callados hasta que pase el peligro. Mientras tanto, nos bañábamos en el sudor de estas bestias, para que no nos detectaran con el olfato. Pocas fueron las veces que no pudimos encontrar refugio a tiempo, e, irremediablemente, en todas esas ocasiones perdimos a un compañero en la escapatoria.


En nuestros años de búsqueda, varias veces habíamos notado el trueno que anunciaba la muerte de las criaturas, y cuando eso pasaba nos dirigíamos de inmediato a la zona de impacto, hablando con todos los sobrevivientes que encontráramos en el camino. Todos sabían todo, pero en realidad, nadie sabía nada. Si veíamos tres sobrevivientes, tendríamos tres versiones distintas de lo ocurrido. Algunos decían que habían visto a un hombre de dos metros luchando con una espada y cortando la cabeza de esas criaturas. Otros decían que las criaturas se habían asesinado entre ellas, otros no habían visto ni escuchado nada y algunos ni siquiera podían articular dos palabras seguidas. Nuestro trabajo era difícil, y no había nadie para ayudarnos.


Un día, caminando a través de las montañas de fuego, vimos caer un trueno. Por instinto empecé a correr lo más rápido que pude, y mis compañeros me siguieron. Mientras nos acercábamos cada vez más y más a la zona de impacto, nos adentrábamos aun más entre las montañas de fuego, hasta un lugar donde ya no era seguro caminar. Seguimos nuestro recorrido, ya no había espacio para correr, sino que teníamos que medir nuestros pasos y pasar por donde hubiera lugar. Si no teníamos cuidado, abajo había un río de fuego hambriento, esperando por alguno de nosotros.


Todos los peligros no parecían nada comparados con la idea de encontrar al elegido, así que no tenía más remedio que cerrar la boca, apretar el puño y seguir mi camino. A media que el calor aumentaba yo podía sentir que nos acercábamos, tan sólo faltaban unas pocas horas más para llegar a destino. De pronto, El Furtivo nos dijo que el peligro se aproximaba. Sabíamos que no había tiempo para perder, pero tampoco era cuestión de ser descuidados. Así que rápidamente pero sin hacer ruido nos tiramos cuerpo a tierra mientras él se arrastraba en dirección norte, agudizando sus sentidos al máximo.


Se alejo tanto que al poco tiempo lo perdimos de vista. Lo único que podíamos hacer era esperar su regreso y desear que traiga buenas noticias. Mientras tanto, ahí estábamos, tirados en el suelo, oliendo la tierra que antes habíamos pisado, mirando el miedo en la cara de la persona de al lado, sintiendo el corazón que se había convertido en un tambor que palpitaba cada vez más fuerte, escuchando el ruido de las llamas debajo nuestro.


La preocupación empezó a apoderarse de nosotros, había pasado mucho tiempo y todavía no teníamos noticias de nuestra única esperanza de escape, algo había salido mal, lo presentía. Estaba a punto de decir que iría en su búsqueda, cuando de repente escuché algo. Cada segundo que pasaba podíamos sentir el ruido más y más cerca de nosotros pero no lo podíamos distinguir, todavía se escuchaba muy bajo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que pude identificar aquel sonido, y entonces, dije suavemente: “Pasos”. Efectivamente, alguien se acercaba bastante rápido, y por la manera de correr, no era ninguna criatura.


Esperamos un poco más, estábamos preparados para todo. Los pasos se acercaban de prisa, y cuando superaron la roca que tapaba nuestra visión, pudimos ver, con alegría, que El Furtivo había vuelto de su misión de reconocimiento. Sin embargo, según su cara, no traía buenas noticias. Él estaba agitado, casi no podía hablar, nos dijo rápidamente: “No podemos volver, porque este camino esta apestado. Si no queremos que estas montañas se conviertan en nuestra tumba, tenemos que seguir camino lo más rápido posible y sin mirar atrás. Nunca había visto tantas abominaciones juntas” Nos paramos de inmediato, y uno de mis compañeros preguntó: “¿No hay lugar para escondernos?” y El Furtivo respondió: “No, porque en estas montañas…” Y en ese preciso momento algo tiró de su pierna, tan rápido y fuerte que apenas pudimos ver como desaparecía por detrás de la roca, ya no había nada que hacer por él.


Empecé a correr y todos me siguieron, todos excepto uno, que fue hacia la roca a ver si podía ayudar al desaparecido y probablemente difunto, El Furtivo. Pero no pudo hacer más de cinco metros que las criaturas saltaron sobre él. Ni siquiera intenté llamarlo, ya era demasiado tarde. Seguimos nuestro camino, con las criaturas atrás nuestro, corriendo por cualquier lugar donde hubiera espacio. Cada vez se hacía más difícil pasar a través de las rocas de la montaña y sus estrechos senderos, y el calor nos sacaba lentamente nuestras fuerzas. Por suerte, al ser caminos complicados, las bestias más grandes no podían pasar, y sólo nos perseguían las más pequeñas, pero a la vez, las más rápidas.


En pleno escape, un compañero tropezó y lo siguiente que escuchamos fue su grito de terror. Había sido un buen hombre, una lástima que haya tenido que terminar así. Cada vez éramos menos, según mis cuentas quedaban sólo 2 más corriendo conmigo. Luego, el grito de un monstruo que parecía el Diablo en persona, no recuerdo haber estado más asustado en mi vida. Apuré el paso, casi no veía el camino delante de mi. Estaba tan asustado y apurado que no noté la curva que pegaba la montaña, estaba corriendo hacia las llamas cuando un compañero se tiró y me empujó al sendero correcto, evitando que caiga en lo que sería mi irremediable muerte. Sin embargo, mi otro compañero no tuvo tanta suerte. Él había visto la curva, pero una criatura lo había empujado al abismo, resultando en la muerte de ambos. Luego, la tierra y la montaña entera se estremecieron mientras un haz de luz caía desde los cielos a unos pocos metros nuestros.


Estábamos aturdidos, pero igual sabíamos que esa era nuestra única oportunidad. Miramos atrás, las criaturas estaban mareadas, pero pronto recobrarían su plena capacidad. Adelante nuestro estaba la salida de la cueva, corrimos hasta allí, había una colina abajo que descendía hasta los comienzo de la selva. En el centro de la misma, se veía el rayo que había caído horas antes. Yo sabía que probablemente las criaturas nos seguirían, pero había una gran oportunidad de llegar, tan sólo había que entrar en la selva, allí sería todo más fácil. Lo miré al único compañero que me quedaba y le dije: “Saltemos”. Él me miró y dijo: “Yo me quedo aquí”, a lo cual respondí: “No seas idiota, podemos escapar. Estás eligiendo el camino equivocado” y él dijo: “Es el único que conozco” y me empujó hacía la colina. Empecé a girar, cubrí mi cara con mis brazos, los choques dolían mucho. De repente, un golpe, y luego, la oscuridad.


Desperté con un fuerte dolor de cabeza, era de noche. Miré hacía la montaña, las criaturas se alimentaban de los restos de mi compañero. Había dado su vida por salvarme, no podía desperdiciar su esfuerzo. Me adentré en la selva, fui en busca de los restos del trueno. Estaba oscuro y no podía ver bien, pero no me importaba, sabía que debía hacer el último esfuerzo para completar la profecía.


A medida que me adentraba más y más ni siquiera la luz de la luna podía iluminar mi sendero. Sólo debía confiar en que más adentro, en el mismísimo corazón de la selva, encontraría al elegido. Seguí abriéndome paso a través de árboles y pantanos. Intentaba prestar atención a cualquier indicio de criaturas, pero sabía que debía encontrarlo a él antes de que ellas me encuentren a mí. Luego, un olor a quemado inundó mi nariz de esperanza. La zona de impacto estaba muy cerca. Apuré el paso, ya nada importaba, estaba decidido a encontrarlo.


Pasaron treinta minutos más hasta que al fin encontré el lugar tan esperado. El pasto estaba quemado, los árboles sin hojas, se hacía difícil respirar. La luz de la luna volvía a iluminar mi camino. Seguí caminando, la tierra ya no parecía tierra, parecía cemento, los árboles habían desaparecido, todo estaba muerto.


Llegué al centro, donde el trueno había caído. El diámetro de la zona de impacto era de aproximadamente veinticinco metros, jamás había visto algo parecido. Se notaba que durante mucho tiempo no iba a haber vida en ese círculo de la muerte. Sin embargo, lo más importante era encontrar al elegido, y, lamentablemente, no había indicios de él. Miré a mí alrededor, hice silencio e intenté escuchar algo, esperé y esperé, pero nada sucedía. Ya desesperanzado, irritado y desilusionado grité con toda la fuerza de mis pulmones, necesitaba descargarme. Caí sobre mis rodillas, miré al cielo, la luz de la luna iluminó mi cara. Estuve un rato contemplándola y recordando a los caídos en la misión, pensando que todo había sido un gran error. Luego, miré hacia la selva, las criaturas se habían reunido y rodeaban toda la zona de impacto, disfrutando el momento antes de atacar. Estaba perdido.


Bajé la cabeza y acepté mi destino, mi muerte sería la más noble de todas, aquel que dejó su vida para buscar al elegido. Las bestias se inquietaron, empezaron a gruñir, a gritar, a aullar. Yo estaba nervioso, sabía que en instantes todo habría terminado. Mi única oportunidad era pelear con las bestias y ganarles, lo cual significaría que yo era el elegido. Me paré, di una vuelta mirando a los ojos a todas las bestias, sentía una fuerza interna brotando dentro de mí, un poder que jamás había sentido. Me preparé, debía aceptar mi destino, yo era el elegido.


No había nada que dudar, pelearía con los monstruos y saldría victorioso. La leyenda sería verdad, yo la haría verdad. Me saqué mi campera, me preparé psicológicamente y fui corriendo a toda velocidad a enfrentarme con la más grande y monstruosa de todas las criaturas que me rodeaban. Rápidamente sentí las otras criaturas viviendo hacia mí. Iba a ser una pelea épica, digna de un capítulo en la historia de la humanidad. Apreté el puño, reuní todas mis fuerzas, dejé escapar un grito de batalla y de repente, un haz de luz me cegó y luego, la oscuridad se apoderó de mí.


Me desperté pensando que estaba muerto. Mi cabeza dolía. Lentamente logré levantarme del suelo, toda daba vueltas. La oscuridad seguía allí, amenazadora como siempre, sólo la luna ofrecía un poco de luz. No sabía dónde estaba, pero había pasto, así que algo había pasado con la zona de impacto. Me apoyé contra un árbol, no podía estar mucho más de pie. Sin querer tiré un objeto que yacía cerca de mí, me agaché y lo levanté. Era un sable dorado, lleno de sangre. Lo dejé en su lugar y me agarré la cabeza, noté una nueva herida que había sido curada de una manera muy precaria y escuché: “Si la tocas correrás la sutura”


Con mi vista intenté localizar la fuente de la vos, pero me era difícil enfocar en los objetos distantes. Con mi vista nublada, lo único que pude identificar fue a una especie de hombre gigante, con una gran espalda y verdaderamente imponente, con una presencia que me asustaba de solo verlo. Luego, aquel gigante pronunció: “Unos segundos antes y no hubiera llegado a tiempo. No sé si estabas intentando suicidarte o jugar a ser Dios, pero eso fue algo verdaderamente estúpido. Ahora más que nunca la tierra necesita de ustedes para que vuelvan a poblarla.”


Lo miré fijamente, de a poco sus rasgos se volvían más claros. Tenía dos protuberancias en la espalda y su cara transmitía cierta paz y tranquilidad. Me incorporé y fui hacia él. Mientras más me acercaba, más cálido se sentía mi corazón. No dije nada, sin embargo, él no me detuvo. Seguí mi camino, me acerqué lo suficiente para notar un par de alas sobresaliendo de su cuerpo y pregunté: “¿Eres el elegido?” y me respondió: “Soy un Ángel que ha venido a traer luz a este mundo de oscuridad, puedes llamarle como quieras” y me dio la espalda.


Yo me quedé pensativo, contemplando el hermoso plumaje de aquellas alas. Eran blancas como la nieve, y tenían un brillo peculiar, que las hacía perfectamente visibles en el medio de la noche. Luego, recordé la leyenda, por primera vez una leyenda había estado en lo cierto. Él sería el responsable de traer la paz al mundo, de liberarnos del mal. Entonces, decidí cumplir la profecía.


El ángel llevó ambas de sus manos hacia su estomago, sintió el filo de su espada y el calor de su sangre entre sus dedos. Su propia arma había atravesado sus alas, espalda y estómago, causando que caiga sobre sus rodillas, y luego sobre su boca, esparciendo su vida entre el pasto de una triste noche oscura.


Cuenta la profecía que en épocas de oscuridad, cuando llegue aquel que no puede ser derrotado, la humanidad conocerá al elegido. El elegido por los Dioses para restaurar la paz, o el elegido por las sombras para reinar en el caos. Sólo es cuestión de elegir y ser elegido.

miércoles 16 de julio de 2008

Dulce Locura y Amor


Twisted Ink Productions
& Broken Heart Memories
Presents
:

Dulce Locura y Amor

By Chebing


Siempre tuve una vida normal. Mi rutina consistía en levantarme todas las mañanas para ir al trabajo, luego regresar a casa, prepararme la cena y acostarme en la cama. Durante diez años esto pareció funcionar a la perfección, sin embargo, pronto entendí que debía haber algo más en la vida que simplemente seguir la misma rutina todos los días.


Un típico viernes, habíamos ido al bar de la esquina con mis compañeros de trabajo y pronto comenzamos nuestra habitual guerra de pochoclos salados. A la mesera no le gustaba mucho nuestro deporte, pero éramos tan buenos y fieles clientes que no nos podía decir nada. Sin embargo, un pequeño accidente alteraría mi rutinaria vida por siempre.


Nosotros nos sentíamos muy cómodos en ese bar, puesto que hacía ocho años éramos clientes religiosos, pero siempre nos quejábamos de que ponían las mesas muy juntas, tan juntas que, a veces, se podía escuchar la conversación de las personas alrededor nuestro.


Recuerdo que estábamos concentrados en nuestra guerra de pochoclos cuando una falla en mi puntería, producida por el exceso de alcohol, llevó a uno de los misiles a impactar contra la cabeza de una desconocida que se sentaba en una mesa vecina.


Cuando noté que el proyectil había impactado contra la víctima, me agaché en un intento en vano para que no me vea, ya que mis compañeros me delataron y le dijeron que había sido yo el responsable. Sin más remedio que dar la cara, me asomé y contemplé a la desconocida. Era rubia, de ojos celestes,

aproximadamente veinticuatro años y era una de las mujeres más hermosas que había visto en toda mi vida.


Ella me miró, sonrió y pidió muy amablemente que la dejemos fuera de nuestra guerra, puesto que no nos quería hacer pasar vergüenza por haber sido derrotados por una mujer. Yo me limité a responder con una sonrisa y no pude hablarle. Luego de un silencio incómodo ella se despidió y volvió a la charla con sus amigas. Poco tiempo después, volví a mi hogar.


Todos los días desde ese viernes hasta el próximo, mi mente estuvo pensando en ella. Si bien era aparentemente varios años más joven que yo, no representaba un problema. Todavía no podía crear que no le había hablado.


Esa semana en el trabajo todos mis compañeros estuvieron constantemente alentándome a hablarle el viernes a la noche. Yo no sabía si iba a volver a verla, y tampoco sabía si iba a poder reunir las agallas necesarias para dirigirle la palabra.


Al fin ese viernes llegó y, como era de esperarse, fuimos al bar, sin embargo, por primera vez, los pochoclos no eran mi principal motivación. Llegamos y nos juntamos en nuestra mesa de siempre. Yo me pedí un trago un poco más cargado y estuve conversando unas horas con mis amigos. Luego de esperar un poco, me levanté y empecé a recorrer el bar en su búsqueda. Había imaginado ese encuentro muchas veces, pero igual no tenía idea de qué decirle.


Estuve treinta minutos recorriendo el lugar, que si bien era pequeño, estaba lleno de gente. En ese tiempo pude dar tres vueltas y así asegurarme de que había recorrido el bar en su totalidad, lo que significaba que si no había encontrado a la chica de cabellos dorados, era porque ella no se encontraba presente. Resignado a una segunda oportunidad con ella, volví para la mesa, para reunirme con mis compañeros, para entregarme a la rutina.


Cuando estaba a metros de llegar a destino, sentí que alguien tropezó conmigo. Me di vuelta un poco malhumorado y encontré, para mi sorpresa, que era aquella chica. Esa situación fue tan repentina que nuevamente no supe que decir. Afortunadamente, ella se encargó de llevar adelante la charla.


Me pidió perdón, luego me reconoció y me dijo que ya estábamos a mano y por último, me dijo que quería un trago. Esta vez supe que decir y la lleve a la barra a tomar algo. Estuvimos hablando toda la noche, ella era verdaderamente simpática. Cuando me di cuenta, mis amigos habían desaparecido y ya había pasado la hora de volver a casa.


Nos despedimos afectuosamente y emprendí el victorioso regreso. Cuando llegué a mi destino, le mandé un mensaje diciéndole que la había pasado muy bien y que me gustaría repetirlo. Ella respondió que también le había gustado mucho la charla. Al otro día le pregunté si quería que nos viéramos, su respuesta fue que estaba muy ocupada, pero que quizás otro día.


Al día siguiente, el domingo, volví a preguntarle si quería que saliéramos a tomar algo, pero no hubo respuesta. El lunes, le dije que no podía dejar de pensar en ella, como tampoco recibí respuesta, asumí que se había quedado sin crédito. El martes le dije que estaba muy contento de haberla conocido, que era lo mejor que me había pasado en la vida, sin embargo, aquella vez, sí hubo respuesta.


El mensaje decía que deje de molestarla o que iba a tener que vermelas con su novio. Yo obviamente entendí que todo aquello era un chiste, y le respondí que estaba contento de que tuviera crédito y que esperaba ansiosamente el viernes, para volver a verla. Su respuesta fue que jamás volvería al bar y que no quería volver a verme.


Yo sabía que había alguna clase de problema que ella no podía contarme, porque esos mensajes tenían que ser mentiras, nosotros estábamos hechos el uno para el otro. Usando la influencia de mis contactos, conseguí su teléfono particular y dirección. Que alegría enterarme que vivía tan sólo a pocas cuadras de mi casa.


El jueves la llamé, cuando atendió pretendió no reconocer mi voz, era tan dulce. Le seguí el juego y le dije que era yo y ella rápidamente llevó el juego a otro extremo, diciéndome que yo estaba loco y que llamaría a la policía si seguía molestando. Yo sabía que era todo un acto, y antes de cortar le dije que la amaba y que esperaba verla mañana. Ella me dijo que jamás vuelva a llamarla y que nunca iría de nuevo a ese bar. Yo deje escapar una carcajada, corté y me acosté a dormir.


Al otro día salí del trabajo y decidí romper la rutina definitivamente. Le dije a mis compañeros que vayan al bar sin mí, que yo tenía cosas más interesantes que hacer. Fui a la casa de la chica de ojos celestes y entré sin mayores dificultades. Preparé todo y apagué las luces, empezando así la dulce espera hasta que ella vuelva.


No pasó mucho tiempo, creo que fueron cinco horas hasta que llegó. Escuché el ruido que hacían sus llaves en la puerta y me puse en posición. Luego noté que había prendido las luces, y después de unos segundos empezó a subir las escaleras, siguiendo el sendero de rosas que había armado para ella. Escuchaba sus pasos, subiendo cada escalón lentamente, entrando al cuarto.


Una vez adentro, prendió las luces y dejo escapar un pequeño grito de felicidad al ver lo que había preparado para ella. Yo salí de mi escondite y la obligué a aspirar un poco de cloroformo, que sería necesario para hacer las cosas más faciles para ambos. Ella se durmió instantáneamente. Lucía hermosa en ese estado de profundo sueño.


Me costó un poco atarla y esposarla a la cama, sin embargo, era parte del plan. Terminé de preparar los últimos detalles, calculé el tiempo que tenía hasta que pase el efecto del cloroformo y empezamos a demostrarnos nuestro amor.


Ella despertó un poco antes de tiempo y empezó a gritar en cuanto me vio arriba de ella. Dios, me encantaba la habilidad que tenía para meterse en sus personajes tan rápido, y lo convincente que era interpretándolos. En esa ocasión yo pretendía ser un loco y ella una pobre víctima más de mi locura.


Terminamos de jugar, la felicité por su actuación que había incluido hasta lágrimas y le dije que era hora de la segunda parte del plan. Dejándola atada, enchufé la máquina y la conecté a su boca, la puse a funcionar y me dediqué a observar lo que pasaba.


Tengo que reconocer que siempre pensé que el proceso era más rápido, sin embargo, la máquina estuvo preparando el material unos cuantos minutos y el proceso de rellenado duró bastante también. Mientras la máquina funcionaba, yo le contaba a la muchacha de la sonrisa perfecta que ahora el juego era distinto, que esta vez lo había elegido yo.


El juego consistía en un cazador y su presa, y que cuando la disecación estuviera completa, la llevaría a mi casa, convirtiéndola en mi trofeo, colgándola arriba de mi cama, para observarla todos los días, para incluirla en mi rutina.