miércoles, 26 de diciembre de 2007

El Tren a Pennsylvania


Twisted Ink Productions Presents:

El Tren a Pennsylvania

By Chebing

Estaba leyendo el diario cuando anunciaron que en cinco minutos saldría el tren con destino a Pennsylvania. Yo había llegado antes para poder guardar mi equipaje y acomodarme en mi asiento sin problemas, no quería tener que apresurarme y tampoco me podía dar el lujo de perder el tren, situación en la que había estado unos años atrás.

A la medianoche sonó la sirena y comenzamos nuestro viaje, todo estaba marchando según lo planeado. Estaba concentrado en mi lectura cuando de pronto escuché que el vagón restaurante había abierto sus puertas. Era la una y tenía bastante hambre, así que decidí hacer una pequeña visita a ese vagón. Ordené carne, un bife angosto término medio más bien tirando a crudo lo más jugoso posible. Estaba acostumbrado a la comida del tren, la cual no era la mejor sin embargo se dejaba comer. Al igual que siempre, habían muy pocos pasajeros, tengo que reconocer que no era el destino más popular.

Terminé de comer y volví con la panza llena y el corazón contento hacia mi asiento, a leer un poco más, sin embargo, apenas tomé asiento empezaron a pasar la película del día, la cual era una de mis preferidas. No pude resistirme ante tal tentación audiovisual así que me aparté del mundo de las noticias para contemplar semejante obra de arte.

Para cuando la película terminó, todavía faltaban seis horas para llegar a destino, así que me dirigí a mi camarote a dormir un rato, mientras iba caminando por los pasillos del tren escuché algo que me hizo perder mi tranquilidad; dos hombres pasaron al lado mío diciendo que “ellos” se encontraban en el último vagón, encerrados en cofres, durmiendo, esperando. Yo al principio no supe de quienes estaban hablando, pero lamentablemente, se trataba de mi peor pesadilla.

Desde que empecé a ser un pasajero usual de este viaje, muchas personas me habían advertido sobre los peligros de estas criaturas, pero yo siempre pensé que no era más que un rumor. Esa noche, descubrí que los rumores a veces son más ciertos que los hechos mismos.

Llegué a mi camarote, me acosté en la cama, no pude dormir, sólo pude pensar, pensar y asustarme. Cada vez que contemplaba la posibilidad de que fueran ellos, mi corazón latía más rápido y algo muy dentro de mí me decía que en cualquier momento despertarían de su sueño para atacarnos.

No pude resistir más, me levanté, me cambié y fui caminando hacia el último vagón muy tranquilamente para no despertar sospechas. Afortunadamente, había un baño cerca, así que esa sería mi excusa en el caso de un improvisado interrogatorio. Cada vez que pasaba un vagón notaba como la oscuridad se iba apoderando de los mismos, cada vez la luz era menor y no había señales de vida por ningún lado. El miedo llenaba mi corazón.

Llegué al duodécimo vagón, o sea, el anteúltimo. La luz era tan tenue que apenas podía ver un par de metros por delante de mí. Seguí caminando, ya nada podía detenerme de averiguar la verdad. En ese momento recordé que, según los rumores, cuando estas bestias te mordían te convertías en uno de ellos y a partir de ese momento estabas destinado a vagar durante la noche, esquivando los rayos del sol, mortales para semejantes criaturas de la noche.

Alcancé la puerta, la abrí, caminé hasta el último vagón, lo primero que noté fue la ausencia total de cualquier tipo de luz. Empecé a tocar las paredes, usándolas como guía para no perderme ni tropezarme. Después de algunos pasos, toqué un pedazo de madera, seguido por otro, seguido por otro más, no supe que era, luego, fue todo muy claro, la madera tapaba las ventanas, las tapaba para que no entre la luz solar, para que nada ni nadie despierte a las criaturas de su sueño profundo.

Estaba seguro de la presencia de estos monstruos pero a la vez estaba tan cerca que la idea de volver jamás fue contemplaba por mi mente, la cual estaba completamente concentrada en descubrir la verdad, pase lo que pase.

Seguí caminando con la ayuda de las paredes, me encontré con varias ventanas más, todas tapadas, pero eso indicaba que el final del vagón se acercaba. Efectivamente, toqué la pared del fondo, la última del tren, la última por revisar. Seguí caminando, luego de dar pocos pasos sentí nuevamente madera, pero no eran pedazos de madera puestos en la pared, esta madera tenía forma, estaba trabajada, era mucho más abundante que la madera en la ventana y era independiente de la pared. Estaba tocando un ataúd.

Caí al suelo, no pude resistir la impresión ni el miedo. Lentamente empecé a pararme, no veía nada, sabía que estaba cerca del ataúd pero no sabía exactamente cuánto. Una vez que me pude recobrar empecé a buscar la pared nuevamente.

No llegué a la pared, pero si encontré más madera, excepto que esta era angosta, fina, era sólo un pedazo pequeño de madera, a la izquierda no había nada, a la derecha tampoco. A la izquierda la madera era normal, sin embargo, a la derecha, estaba forrada. Una loca idea cruzó mi mente, debía saber si era cierto, llevé mi mano izquierda al costado de la madera, a ver hasta donde llegaba. Mis miedos se confirmaron, a unos cuantos centímetros de la madera se encontraba la pared, decidí hacer lo mismo del otro lado, encontré más madera forrada. Ahora todo era muy claro, tenía las manos en el mismísimo ataúd, el cual estaba abierto.

No supe qué hacer, estaba nervioso, asustado, pero a la vez lleno de adrenalina, me animaba a intentar cualquier cosa. Estaba tan cerca que no podía huir, no en ese momento. Lentamente llevé mi mano al ataúd, sentí que estaba tocando un hombro, vestido con telas muy finas.

Seguí mi recorrido hasta el cuello, parecería ser alguien normal, ninguna criatura. Rápidamente posicioné mis manos alrededor de su cuello, y muy despacio, empecé a tocar su rostro. Ya todo tenía sentido, no eran ningunas criaturas, todo había sido una mentira, no estaba tocando ninguna bestia, era simplemente ataúdes en donde los que habían pasado a mejor vida descansaban.

Este cuerpo, inmóvil, inconsciente, dormido, descansaba en el más profundo de los sueños, sin pulso, sin respiración, y el ataúd era para el entierro. Además, ¿Cómo pude ser tan tonto? Pennsylvania es famosa por sus cementerios. Estaba avergonzado por dejarme llevar por una historia de niños de siete años.

Di media vuelta, a lo lejos podía notar una pequeña luz, lo cual significaba que estaba contemplando al anteúltimo vagón. Decidí ir caminando sin la ayuda de la pared. Hice un paso y luego sentí manos en mis hombros, sentí una mordida en mi cuello, sentí el piso chocando contra mi mentón.

Me estaba desmayando, sabía que despertaría siendo uno de ellos, empezaba a sentir los efectos de su mordida, de su beso mortal. La conciencia me abandonaba, al igual que mi constante e insaciable deseo por consumir sangre.

1 comentarios:

Cristina K dijo...

Esta rebueno Chebing. Esta genial.

Novoy a comparar mas libros me pongo a leer tus historias.

Huyyy, mirá, te chorrea sangre !!

je,je Te refelicito