martes, 18 de diciembre de 2007

Esclavo de Poder


Twisted Ink Productions
Presents
:

Esclavo de Poder
By Chebing




Estaba dormido, o desmayado, no lo sé, estaba durmiendo, estaba descansando, estaba inconsciente, estaba en paz. Pero todo cambió en un segundo, me despertó, me lastimó, pero estaba acostumbrado a los golpes, estaba acostumbrado al maltrato, pero no estaba acostumbrado a no tener dignidad, a vivir sin orgullo.

Me ordenó levantarme, si no lo hacía recibiría otro latigazo. Lo hice lo más rápido que pude, pero, al parecer, no fue lo suficientemente rápido, la tierra hacía arder mi piel al rojo vivo. Cargué el bloque en mi hombro y seguí caminando hacia la pirámide, adelante mío había nada más que una fila de esclavos encadenados haciendo un trabajo inhumano mientras que hombres con látigos, con poder, con tranquilidad, con vida y, sobre todo con libertad, los controlaban, los castigaban, los torturaban, los humillaban.

El atardecer se hacía esperar, cada día llegaba más tarde, cada día las horas se hacían más largas, cada día el peso se hacía mayor y las piernas más débiles. Pero siempre llegaba, y cuando eso pasaba, el trabajo terminaba, el descanso esperaba y las cadenas se aflojaban, era la mejor parte del día. La noche pasaba rápida, desapercibida, como el viento en la más profunda de las oscuridades.

El amanecer llegaba, las heridas seguían igual, el piso era áspero, rígido y frío para dormir, lo cual hacía difícil que descansemos, pero no nos podíamos quejar. No había mucho tiempo para despertarse o siquiera prepararse para la tortura a la cual éramos sometidos. El ruido de los bombos sonaba implacable, asustando, alertando, amenazando, el trabajo había comenzado una vez más.

Las cadenas se sentían frías en el cuello, pero ya estábamos acostumbrados a su olor. Las piedras en el piso molestaban, pero después de tantos años, ni siquiera las sentíamos. Era un infierno, quería escapar hacia mi libertad, pero era imposible, un sueño que moriría en el desierto, que moriría junto conmigo. Estaba condenado a estar condenado.

Todos los meses llegaban cargamentos de nuevos esclavos para reemplazar a los que morían, para reemplazar a los que se escapaban, para reemplazar a los que ya no trabajaban tanto como antes. Ese era, probablemente, uno de mis mayores incentivos a trabajar. Fue aquel día cuando él llegó como un esclavo más, fue aquel día cuando mi esperanza regresó.

En cuanto lo vi noté que había algo distinto en él, no sólo por su actitud, sino por el trato que recibía de los demás. Era obligado a usar el doble de cadenas y siempre había un ejecutador (así llamábamos a los hombres con látigo) a su lado, custodiándolo, vigilándolo, controlando cada uno de sus movimientos, pero a su vez temiéndole, respetándolo, odiándolo.

Pasaron cuatro días hasta que me habló, la conversación fue rápida, silenciosa, en código, desesperada. Me proponía una rebelión, una batalla, una victoria, un sueño. Yo acepté de inmediato, no fue difícil convencerme. Era extraña pero a la vez increíble la rapidez con la cual había planeado todo. Nuestro ataque sería al atardecer, cuando las cadenas se aflojaban, cuando los emperadores menos lo esperaban, cuando los guardias estaban de cacería buscando más esclavos.

Tardamos diez días para reunir los soldados y el coraje necesarios para atacar. Repasamos el plan en la más absoluta de las oscuridades y en el más tenebroso de los silencios, sólo quedaba actuar. Llegó el amanecer, el último amanecer en esclavitud, el último amanecer para muchos soldados. Trabajamos como todos los días, un poco más nerviosos y ansiosos, pero sin que el enemigo, sin que el amo, sin que ellos se dieran cuenta. El atardecer se acercaba condenado a presenciar la más sangrienta de las noches.

El trabajo terminó, los pocos guardias se apresuraron a soltar nuestras cadenas, los esclavos nos miramos por última vez como esclavos y por primera vez como soldados. Nos levantamos bajo el grito de nuestro líder, los guardias jamás podrían haber estado preparados para enfrentar la ira que se había alimentado desde que habíamos llegado allí y que se escondía dentro de nosotros en las profundidades de nuestras entrañas.

Rápidamente nos hicimos con sus armas y los reducimos, luego, más guardias llegaron, esta vez con lanzas y mayor experiencia en combate, pero igual, nosotros ganábamos en número y en deseo de pelear, no íbamos a volver a ser esclavos, la victoria o la muerte eran las únicas opciones.

La pelea fue intensa y larga, estábamos agotados y fue un milagro terminar en pie, pero la victoria se sintió dulce en nuestras bocas llenas de tierra, se sintió reconfortante en nuestras heridas infectadas, se sintió placentera en nuestros corazones llenos de venganza. La tierra estaba infestada de sangre, sangre de nuestros enemigos, de los derrotados, de los que no verían la luz del sol de nuevo.

Sólo quedaba la cabeza del Supremo Emperador, e íbamos tras de ella. El líder se adelantó, pero me llamó para que lo alcance. El objetivo estaba cerca, en su trono, esperándonos pero deseando que nunca lleguemos, sin miedo pero a la vez asustado, queriendo escapar pero sin ir a ningún lado, arrepentido pero capaz de hacerlo todo de nuevo si tuviera la oportunidad, vivo pero muerto.

Su cabeza rodó por las escaleras, su sangre se apoderó del que había sido su lugar, la victoria era total. Me paré delante del trono, de espaldas al líder, de frente a los soldados. Empezó a hablar, dijo: “El reinado de terror al cual éramos sometidos ha terminado, a partir de hoy empieza una nueva sociedad, justa para algunos, injusta para otros, diferente para nosotros, igual para ellos. Desde este momento tenemos nuevo rey para este nuevo imperio, desde este momento, yo estaré al mando de la situación y daré las ordenes aquí, y desde este momento ordeno que haya control en el reinado; ¡Soldados! ¡Ejecuten la orden sesenta y seis!

Rápidamente los soldados se dividieron en dos, los que seguían siendo soldados y los que volvieron a ser esclavos. Mis pasivos ojos presenciaron la esclavización de aquellos que pelearon por su libertad y la ganaron, la ganaron para perderla nuevamente ante otros rivales, ante otros esclavos. Todo había sido una trampa.

Ya no podía distinguir la diferencia entre mi sangre y la del Supremo Emperador, ya no podía ver más allá de las escaleras, ya no podía escuchar los lamentos de mis compañeros, ya no podía sentir dolor, ya no podía ser un esclavo, sólo podía escuchar muy silenciosamente la risa del traidor, del genio, de aquel que nos uso, cada vez más despacio, cada vez más parecida a un murmullo, resonando en mi cabeza, en mi corazón, apretando mi cuello de la misma manera en la cual las cadenas lo habían hecho todos los días de mi vida.