
Twisted Ink Productions Presents:
Burning Boy
By Chebing
¿Papá, no ves que me estoy quemando?
Me desperté sobresaltado, esa pesadilla nuevamente atacaba mi cerebro, hacía días no me dejaba dormir. Me levanté de la cama y estuve unos minutos intentando calmar mis nervios, era esencial para mi misión. Tomé todo lo necesario, lo desperté y emprendimos nuestro viaje, debíamos llegar al campo de batalla antes del amanecer. Esta vez la fuerza de los soldados se mediría en territorios ajenos a los nuestros, en tierras neutrales, así que debía ir a asegurarme de que aquellas tierras no estuvieran encantadas y además era mi trabajo realizar hechizos protectores sobre nuestros hombres.
En cuanto llegamos empezamos con nuestro trabajo, pude notar la cara de alivio que tenían nuestras tropas y la gran confianza que tenían en la victoria. Por suerte mi hijo me ayudaba y el trabajo se hacía el doble de rápido. El sol lentamente se iba avecinando por lo lejos, la batalla estaba por comenzar. Cuando terminamos nuestro trabajo, recibimos las instrucciones del comandante, yo debía esperar a que la pelea estuviera casi terminada para luego infiltrarme en las líneas enemigas y secuestrar a su líder militar.
De pronto escuchamos un ruido, era más bien un grito, un grito de guerra, nuestros enemigos habían llegado. Nuestro comandante dio la orden y nuestras tropas avanzaron a toda velocidad a través del campo hasta encontrarse cara a cara con la muerte. Mi hijo y yo nos quedamos atrás, observando la pelea.
Rápidamente, los adversarios conformaban una pila de cadáveres esparcidos por las tierras en las que habían fallecido, era un paisaje terrible. Mi momento había llegado, debía llevar a cabo mi misión. Le pedí a mi hijo que se encargue de curar a nuestras tropas y partí hacia mi destino. Pasé entre soldados muertos, moribundos, heridos, y ninguno hizo nada para detenerme, luego, me volví uno con las sombras y llegué hasta el bunker donde estaba alojado el “premio”.
Me sorprendió la desolación en la cual se encontraba el lugar, era obvio que habían mandado a todos sus soldados al ataque y habían quedado indefensos ante la menor de las amenazas, tenía el camino libre, y esa era una oportunidad que no debía desperdiciar.
Me abrí camino hacia el edificio principal, en donde debía estar esperando el objetivo, encontré tan solo dos guardias protegiendo la puerta, fue fácil carbonizarlos con el más básico de mis hechizos de fuego. Seguí mi camino hacia el salón principal, no había nadie más vigilando, abrí la puerta y encontré a su líder, junto a él estaba un sólo soldado, el cual quedó congelado por otro de mis hechizos a los pocos segundos.
Volví a conjurar las palabras una vez más, esta vez para que el objetivo caiga desmayado ante mis pies, lo tuve que cargar en mis hombros y antes de que me diera cuenta, había cumplido mi misión. Abandoné el edificio, miré para todos lados, seguía estando desierto, procedí hacia el bosque, estaba a punto de escapar cuando escuché un disparo.
Miré hacia atrás, vi que a lo lejos había un guardia que había sido destrozado por magia negra, luego, me di cuenta que a mis pies estaba mi hijo, sangrando en el suelo, se había puesto en el camino de la bala y su padre. Tiré al hombre al suelo, sólo me preocupaba mi hijo, conjuré un hechizo para que deje de perder sangre y rápidamente hice una señal en los cielos para que vinieran en mi ayuda.
___________________________________Habían pasado cinco noches, estaba exhausto. Desde que le dispararon que no había podido conciliar el sueño, me la pasaba toda la noche yendo y viniendo con trapos húmedos para ponerle en la frente, para intentar calmar su fiebre, para intentar causar el milagro que lo salve de las manos del mundo de los muertos.
Ni siquiera el más avanzado de mis hechizos pudo hacer nada contra una bala envenenada por un basilisco, sólo quedaba esperar por su muerte, sin embargo, yo esperaba por el milagro, tenía fe en mi hijo, sabía que podía seguir adelante.
Pasaron tres días más, levanté el trapo seco de su hirviente cabeza y lo fui a mojar a la cocina, mis pasos eran lentos, torpes, mis ojos se cerraban, necesitaba un descanso. Mojé el trapo y volví a su habitación, una lágrima cayó por mi cara, apoyé el pañuelo en su frente, toqué su rostro y sentí que algo estaba mal. (*)
Su corazón había dejado de palpitar, debía apresurarme para salvarlo. Hice un círculo en el suelo, rodeado por velas rojas las cuales me llevó mucho tiempo encender, puse a mi hijo en el centro y empecé a recitar el más potente de mis hechizos, aquel que trae a la vida a los muertos.
Debía apresurarme, sólo funcionaba si el cuerpo había fallecido hace poco. Cada palabra que decía más sentía el cansancio, los parpados pesaban, cada vez era más difícil pronunciar el conjuro, me estaba quedando dormido.
Caí al suelo sobre mis rodillas, noté que las llamas de las velas estaban fuera de control, ya habían incendiado las cortinas y rápidamente se apoderarían del resto de la casa, pero no podía parar, no en ese momento, debía seguir, hasta el final pase lo que pase. Seguí con mi deber, las palabras se veían borrosas y apenas podía leerlas, mi conciencia me abandonaba.
Me desplomé en el suelo, apenas podía mantener el libro en mi mano, estaba tan cerca, sólo faltaban dos oraciones. El calor del fuego se sentía, no me dejaba respirar, pronuncié la anteúltima oración y se me cayó el libro, ya no tenía fuerza para levantarlo.
Sólo pude atinar a decir las palabras que recordaba, sin saber si eran las correctas. Al mismo tiempo recé para que aquellas sean las necesarias para devolverle la vida a mi hijo. Luego, caí dormido, o desmayado, o intoxicado por el humo, no lo sé, sólo sé que caí en el más profundo de los sueños.
Quizás lo soñé, quizás pasó en verdad, las llamas me obligaron a vivir con la duda por el resto de la eternidad, pero recuerdo abrir los ojos y ver a mi hijo de pie, a mi lado, sosteniendo mi brazo y diciendo: “Papá, ¿No ves que me estoy quemando?”.
Final Alternativo:
(*)Su corazón había dejado de palpitar, el veneno del basilisco había hecho su trabajo, la resistencia de mi hijo se había acabado. Me dejé caer en el piso, sin fuerzas para nada, no sé si me dormí o si perdí la conciencia, sólo sé que desperté varias horas después.
Preparé todo lo más rápido que pude, elegí un buen sector en el bosque y un buen cajón en el cual sepultarlo, estuve horas cavando un pozo lo suficientemente profundo y llevando al cajón a la mitad de la noche hacia el lugar elegido.
Antes de enterrarlo, deje el improvisado ataúd en el suelo, puse muchas velas rojas a su alrededor, todas encendidas, formando un perfecto círculo. Empecé a recitar unas palabras, tanto de respeto como de homenaje. Luego, seguí con los rituales tradicionales de los hechiceros, para desearle al difunto una buena transición del mundo de los vivos al mundo de los muertos.
Mientras recitaba las palabras, sentía que perdían el sentido, sentía que perdía el dominio de mis labios, sentía que perdía mis fuerzas. Cada vez más débil seguía recitando las palabras de memoria, pero al poco tiempo, empecé a olvidarlas, a perder control sobre mi cuerpo, a caer en el más profundo de los sueños.
¿Papá, no ves que me estoy quemando?
Me desperté sobresaltado, esa pesadilla nuevamente atacaba mi cerebro, hacía días no me dejaba dormir. Me levanté y terminé con el ritual, las velas ardían junto al cuerpo de mi hijo, pero pronto no se quemaría nunca jamás.









