
Twisted Ink Productions Presents:
El despertar
By Chebing
Recibí el llamado del jefe, me decía que vaya urgente a la fábrica abandonada de la Avenida Sarmiento para la investigación de un asesinato. Me levanté, me vestí y abrí la puerta de la habitación. Entré en la fábrica, estaba oscuro, las luces eran muy tenues. Caminé por los pasillos y llegué a una oficina, encontré a dos hombres discutiendo. Uno estaba parado con un caño de metal en su mano, el otro en el suelo intentando defenderse del golpe inevitable. Empecé a correr hacia ellos, quienes seguían discutiendo. El hombre parado demandaba saber quién había contratado al hombre en el suelo para hacer su trabajo sucio, y éste no quería entregar esa información. Seguí corriendo, sin embargo no pude evitar que el caño se estrelle contra el cráneo del, ahora, muerto hombre en el suelo.
Abandoné mi casa, me subí al auto, lo llamé al capitán, le dije que vaya urgente para la fábrica abandonada de la Avenida Sarmiento, que allí encontraría un cadáver, luego, discutiríamos los detalles en persona. Tardé cuarenta y cinco minutos en llegar, mis compañeros ya habían analizado la escena del crimen. En cuanto me vieron me preguntaron qué había pasado, les conté que nuestro sospechoso, el inquisidor, había asesinado a un hombre por no revelar cierta información sobre el titiritero. Sin preguntarme más nada, me permitieron ir en la búsqueda de ambos sospechosos, siendo el objetivo principal arrestar al titiritero.
Saludé a mi esposa y a mi hija, estaban preocupadas, hacía veinte días que no había estado en casa. Las besé, las abracé y fui a cambiarme. Luego fui al baño para darme un baño. Entré y cerré la puerta tras de mi. Una vez en la cama del asilo de mis padres les pregunté quién los había lastimado, pero ellos estaban enojados conmigo porque no los pasaba a saludar. Mi padre estaba muy enfermo y yo no lo había visitado lo suficiente, reproche que mi madre no tardó en echarme en la cara. Me senté en su cama, le toqué la frente y le dije que no se preocupe por su abuelo, que hoy lo había visto en el hospital y que se iba a mejorar, pobre niña, siempre rezaba por su abuelo antes de ir a dormir. Escuché un ruido en el armario, entré y automáticamente se cerró la puerta detrás de mí, dejándome encerrado en la oficina de la fábrica, escuchando cómo del otro lado los gritos de mis padres desataban la desesperación en mis puños, que estaban rojos de tanto golpear la puerta. Luego, vi la sangre desplazarse por debajo de la misma, manchando mis zapatos. Los ruidos callaron.
Volví a la casa de mi infancia, el escuadrón ya estaba en camino. Lamentablemente ya era demasiado tarde, mis padres se encontraban muertos en la casa con una nota del titiritero que decía que si lo seguía buscando, las próximas víctimas serían las mujeres de mi casa. Me dirigí a toda velocidad en su búsqueda, las había visto a la mañana pero temía que les hubiera pasado algo en ese tiempo. Por suerte mis miedos no se hicieron realidad, estaban las dos sanas y salvas. Corrí hacia la habitación, agarré dos valijas, las llené de ropa de mi esposa y de mi hija, puse un revolver y balas, algo de dinero y las cerré. Llamé a mi mujer, le dije que sin hacer ninguna pregunta que vaya a la casa de su hermana y que se quede ahí hasta nuevo aviso. Ella entendió de inmediato y antes de darme el beso de despedida me dijo que el inquisidor me había llamado.
Sonó el teléfono, me dijo que nos teníamos que encontrar en el lugar donde había comenzado todo, y que una vez allí, que seríamos aliados para atrapar al titiritero. Bajé al living, estaba todo oscuro, miré para abajo y pude ver el mar chocando contra las rocas. Luego unas luces me encandilaron, el inquisidor había llegado.
Arreglamos para encontrarnos en la ruta de la montaña, donde la calzada está rota y se puede ver el mar. Fui allí a toda prisa, llegué primero. Dejé las luces encendidas de mi auto y me dirigí al borde del camino, podía ver el agua debajo de mí. La caída era de probablemente cien metros o más, como si fuera poco, abajo las rocas hacían imposible sobrevivir a semejante caída. Pasaron diez minutos, se escuchó un auto, se estacionó al lado del mío y con las luces apuntándome me dejó ciego por un buen rato. Reconocí el auto de inmediato, el inquisidor había llegado.
Apagó las luces del auto, se bajó lentamente. Tenía un sobretodo y un sombrero, se acercó dando cortos pasos. Tardé un poco pero reconocí su cara, igual no era el momento de arrestarlo a él, nuestro objetivo era el titiritero. Me dijo que suba a su auto, que juntos lo podríamos vencer. Cerré la puerta del mismo, estábamos en su cuartel y podía presentir que el final se acercaba.
Fuimos corriendo hasta la entrada al salón principal, lo primero que noté fue la elegancia del lugar, que era más una mansión que otra cosa. Luego, lo que llamó mi atención fue la falta absoluta de guardias de seguridad en todo el lugar. Le pregunté al inquisidor si sabía cuánto faltaba para el salón principal, aunque, de alguna manera, yo ya sabía la respuesta.
Miré para atrás al ver que él no me respondía, noté que había desaparecido, luego intenté recordar cuándo fue la última vez que lo vi, tenía la sensación de que jamás lo había visto, pero, en ese caso, ¿Cómo podría haber llegado hasta la mansión por mis propios medios?
Entré en el salón, todas las paredes, el techo y el piso estaban pintados de blanco, y junto con las luces causaban un efecto que disminuía en gran medida mi visión. Mi cabeza empezó a doler, o más bien, a casi explotar. Seguí caminando, le saqué el seguro a la pistola y me preparé para lo peor, pero por el momento no había noticias del titiritero.
Me costó encontrarlo con la oscuridad que se presentaba a lo largo del salón, pero las luces de la silla lo delataron. Allí estaba el titiritero, al fin nos veíamos cara a cara, o mejor dicho, cara a máscara. Tenía una máscara roja que cubría toda su cara, lo primero que vino a mi mente fue el recuerdo de los antifaces que usaban los arlequines en la edad media.
Me preguntaba quién estaba en la silla, por todo el maquillaje y por la posición de su cabeza, contraria a la luz, me dificultaba la tarea de reconocerlo. De alguna extraña manera me recordaba a un títere. Luego el titiritero empezó a hablar, me preguntó que hacía allí, yo respondí que había ido en su búsqueda.
-Te equivocaste de persona, yo no soy quien vos buscas
-Yo busco al titiritero, ¿Acaso vos no sos conocido por ese nombre?
-Sí, yo soy el titiritero, pero vos no me estás buscando a mí, puesto que hace tiempo me encontraste.
-Silencio, hoy por fin luego de cuatro largos meses he encontrado al asesino que tanto he estado buscando, y no pienso hacer ningún arresto.
-¿Pensas que con una bala de esa pistola podrás asesinarme?
-Eso está por verse.
Como era de suponer, las balas no tuvieron ningún efecto en mí. Con un simple movimiento de mis manos, el inquisidor se paró de su silla y empezó a caminar. El trabajo no requirió mucha concentración, puesto que él estaba indefenso, indefenso ante nosotros. Intentó con su pistola un par de veces más y luego comprendió que no llegaría a ningún lado con ello. El inquisidor lo examinó cuidadosamente, de arriba abajo sus ojos lo recorrían como un mapa. Le preguntó qué pasaría ahora, él no supo que contestar. Luego, con un simple movimiento de mis manos y de sus manos, lo estranguló mientras le susurraba: “Bienvenido” en el oído. Yo me acerqué, me saqué mi máscara y la puse en su cara. Así, su sueño de la infancia quedó completo.
2 comentarios:
Merde !!! Que relato. Solo para unos pocos, muy pocos.
El protagonista siempre fue el titititero. Siempre movio los hilos. Siempre supo que queria.
Fantastico !!!.Fantastico !!
Esta buenisimo.
Lo volvi a leer. Me gusto mas todavia. lo comprendì.
Es fanastico realmnte un cuento para pocos, para entendidos.
Genial !!!! Te refeelicito.
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