martes, 26 de agosto de 2008

La Saga de los Objetos Infernales. Parte I.

Twisted Ink Productions Presents:

La Saga de los Objetos Infernales. Parte I.
By Chebing





El Sol Rojo.

Ningún hombre sabía sobre la existencia de los Elementales, todos ellos escaparon de su hogar al descubrir sus poderes y se mantuvieron alejados de la civilización. Su misión era un secreto, incluso para ellos, que sólo sabían que llegado el momento, sus manos se mancharían de sangre y el destino de la humanidad descansaría sobre sus hombros. Hasta entonces, debían preparar y su cuerpo y mente, mientras esperaban por la señal, aquella única e inconfundible señal que anuncie la llegada del peligro a la Tierra.

Esta señal llegó junto con el primer atardecer de la primavera

Dohkko se acercó al lago, se sentó en la orilla. La luz de la luna le permitía ver su reflejo en el agua cristalina. Ante las estrellas y el cielo despejado pudo ver su propio rostro, lleno de arrugas, marchitado por el paso del tiempo. Ni siquiera él podía recordar su edad, y cada arruga y cicatriz no eran otra cosa que medallas, tanto por ganar combates como por retrasar a la Muerte. Pronto, el reflejo en su rostro cambió. Todas las medallas empezaron a desaparecer, la piel se comenzó a estirar, los ojos tomaron un color celeste robado del mismísimo cielo, los labios, ahora más rojos que nunca y los dientes, blancos y perfectos, le mostraron a Dohkko como era su cara hace más de tres siglos, permitiéndole apreciar por última vez la juventud que muchos años atrás vivió en esa llanura de arrugas. Dejó caer una lágrima y se levantó, debía recorrer una gran distancia para llegar al Norte.

“Es bueno ver que todos han llegado a tiempo” – dijo el Elemental. “Por un momento pensé que no iban a responder mi señal. Mi nombre es Kamun-Ra y yo los convoqué esta noche. Debemos actuar rápido, o ésta será la última vez que el sol se ponga en el horizonte”

Todos los elegidos sabían que las palabras de Kamun-Ra eran ciertas, lo podían sentir en su corazón. Sin embargo, no querían creerlo.

“Explicaos” – Gruñó el Mago Oscuro

“Verán queridos compañeros. Mi entrenamiento me ha llevado a planos astrales donde el tiempo y el espacio se doblan uno por encima del otro, permitiendo contemplar la cuarta dimensión, el Tiempo. Así pues, he sido capaz de ver acontecimientos pasados y futuros, todos ellos como si se trataran del presente mismo” – Replicó el Jefe Chaman

“¿Y que os han revelado vuestros sueños?” Preguntó curiosa y tímidamente Mandrake, su corazón palpitaba como un pequeño tambor.

“La destrucción. El fin de la Tierra” – Se limitó a decir Kamun-Ra

Un haz de luz atravesó los cielos e impactó contra un lobo, quien cayó muerto al suelo. Mefisto se acercó lenta y pensativamente. Se agachó, lo acarició, la sangre se esparcía y mojaba sus zapatos. Le cerró los ojos, pronunció una plegaria y empezó a cavar una fosa para enterrarlo. Una vez que terminó con el improvisado funeral, se acercó a otros lobos en el suelo, ellos simplemente estaban desmayados, también habían sido el blanco de práctica para el Elemental. Comprobó que todos tuvieran un pulso estable y luego desapareció en una nube de humo, la tele transportación era algo que ya tenía dominado.

“Por favor. ¿Vosotros creéis alguna de estas farsas? Os propongo aniquilar a este sujeto, una lección por tantas mentiras que ha dicho” – El enojo se hacía presente en el discurso de Chronos

“¡Silencio! Mi nombre es Tempestad y quiero escuchar lo que Kamun-Ra tiene para decir sin que ningún desconocido que ni siquiera ha tenido la decencia de presentarse lo interrumpa. ¿Entendido?” – Los ojos y puños de Tempestad apuntaban amenazadoramente a Chronos

“Perfecto. ¿Vosotros queréis escuchar una sarta de mentiras y engaños? Pero luego os pido que recordéis las siguientes palabras; No podréis salvar a la humanidad de la destrucción, puesto que la destrucción es obra y arte de la humanidad. Y antes que me olvide, mi nombre es Chronos, tenedlo presente” – Una nube de polvo apareció en el lugar donde solía encontrarse el Mago Oscuro. Sólo él sabía su nuevo escondite.

Chronos luchaba ferozmente contra los muertos vivos, ellos eran aproximadamente ciento cincuenta y él sólo tenía una espada para defenderse. Rápidamente lo rodearon y comenzaron el ataque, todos a la vez. Chronos corrió para adelante mientras conjuraba un hechizo para prender fuego su espada. Con el filo y las llamas, empezó a decapitar a sus enemigos, cuyos cuerpos empezaban a prenderse fuego en el pasto del cementerio. Sin embargo todavía quedaban muchos más y estaban sedientos por su sangre, corriendo a toda prisa hacia él. Pero afortunadamente, el Elemental ya tenía una estrategia. Con un rápido movimiento de su espada y pronunciando unas palabras, chocó la empuñadura de su espada contra la tierra, causando que ésta se agite bajo sus pies, provocando una onda expansiva para derribar a los enemigos, quienes se apresuraban para volver a pararse. De repente, Chronos cayó sobre sus rodillas, tomándose el pecho a la altura del corazón. Abrió su camisa y encontró un tatuaje exactamente donde se encontraba aquel órgano. Era una calavera, que brillaba y palpitaba al ritmo de su pulso. Chronos no tuvo tiempo para apreciarlo demasiado, ya que en todo ese tiempo, los muertos vivos se habían reincorporado y ahora estaban encima de él, a punto de atacar, era demasiado tarde para contraatacar. En vez de dar pelea, se limitó a decir unas palabras, y acto seguido, sus enemigos dejaron escapar un grito, cayendo al suelo inmediatamente, dejando de ser vivos para volver a ser sólo muertos. Él se paró y fue a buscar sus cosas, quizás hasta con un poco de melancolía. Ese cementerio había sido como un hogar para él.

“Ahora, por favor, proseguid sabio Jefe Chaman” – Pidió el Mago Blanco.

“Esto es difícil de explicar, puesto que yo no lo domino y apenas lo entiendo. Toda mi vida la dediqué a descubrir el secreto del viaje del tiempo y si bien no lo he logrado, estoy más cerca que cualquier otra creación de los Dioses.” – Kamun-Ra había dado la espalda a los Elegidos, y contemplaba el cielo estrellado que había por encima de ellos, la noche había llegado. “He descubierto una manera de ver mi pasado y mi futuro, pero sin ningún tipo de control sobre las visiones.”

Los Elementales estaban callados, escuchando atentamente el increíble relato del Jefe Chaman, algo dentro suyo les decía que debían creerle. “¿Cómo es posible ver el futuro? ¿Por qué no ha conseguido una forma de controlar semejante poder?” - Inquirió Mefisto.

“Todos estos años, mi entrenamiento ha sido guiado por un libro llamado “El Libro de la Luz” escrito por el propio Zeus, explicando la teoría de las visiones. Luego de muchos años, he sido capaz de dominar mi mente para experimentar estas percepciones sobrenaturales, pero no he sido capaz de ver más allá de unos cuantos segundos de mi futuro inmediato. Sin embargo, según el libro, hay una poción que sirve para causar estas visiones aun en la más virgen de las mentes” – Explicó Kamun-Ra. “¿El problema? Carezco de la magia necesaria para la preparación de semejante elixir.

Tempestad llegó a los pies del volcán. Estaba cubierto en nieve y completamente congelado. Se concentró, reunió fuerza y golpeó el grueso hielo que cubría el volcán. Logró romper parte de éste haciendo un gran agujero en su superficie, pero nada más. Volvió a concentrarse, levantó sus brazos, cerró sus puños, tomó impulso e impacto nuevamente el volcán, pero sólo logró causar un poco más de daño que antes. Luego, se sentó en el suelo y empezó una profunda concentración. Cuando se dio cuenta, su mente estaba invadida por el pensamiento y esencia de otras personas. Necesitaba de una gran disciplina mental para seguir su entrenamiento sin perder la cordura. Con toda la fuerza ajena reunida en su cuerpo, todo impulsó por última vez y golpeó el volcán. El suelo bajo sus pies empezó a temblar, la nieve sobre el volcán empezó a caer, la lava en su interior comenzó a arder.

“Cuéntanos qué han revelado tus visiones” – Dijo Dohkko. Su voz era cálida y dejaba escapar destellos de su sabiduría.

“Sabía que el momento llegaría” – Kamun-Ra bajó la cabeza y cerró sus ojos, recordando exactamente todas las imágenes que habían atormentado su mente horas antes. “Antes de comenzar mi relato, quiero recordarles que sólo soy capaz de ver lo que me pasará a mi dentro de las próximas veinticuatro horas, y que el futuro no está escrito, las visiones sólo muestran las consecuencias de mantener el curso actual de nuestras acciones, dejando lugar a cualquier tipo de cambio voluntario que nosotros queremos introducir. Por esto, el motivo de mi llamada.”

Tempestad apretó sus dientes y cerró sus puños, no podía resistir un minuto más la incertidumbre. Sin embargo, evitó decir palabra alguna y escuchó atentamente. “Hoy, hace unos momentos, he tenido la peor de las noticias. El próximo amanecer traerá un sol rojo y una lluvia de fuego. Luego, la oscuridad” – Todos los Elementales mantuvieron el silencio, sus mentes debían procesar lo que habían escuchado. Todos ellos sabían el significado de un sol rojo.

Mandrake fue hasta donde la cascada se fusionaba con el fondo del río. Ahí, a los pies de la montaña, el agua caía intensamente sobre su cuerpo, ejerciendo una gran presión sobre él. Rápidamente puso sus manos contra el agua que descendía desde lo más alto de la montaña y empezó a decir unas palabras. Lentamente, sus dedos se volvieron blancos como la nieve, y una delgada capa de hielo empezó a formarse alrededor de los mismos. Cada segundo que pasaba el hielo ganaba grosor, congelando los brazos del Elegido. Luego, el frío comenzó a extenderse al agua de las cataratas, congelando gota a gota hasta llegar a la mismísima cima. Pronto, toda el agua se había congelado, formando un gran bloque de hielo. Mandrake luchó para sacar sus brazos de la prisión gélida donde estaban atrapados y retrocedió unos pasos. Chocó ambas extremidades entre sí y vio como caía el hielo bajo sus pies. Luego, haciendo uso de su fuerza impactó con su puño la catarata helada, destrozando el hielo y cambiando el curso del agua, que desafiando la Ley de la Gravedad escaló la montaña, alejándose del fondo del río.

“Entonces, ¿Qué debemos hacer?” – Preguntó Mefisto. “Nos citas aquí diciendo que el fin de la Tierra se aproxima debido a unas ‘visiones’ que has tenido, pero yo no te conozco, y no conozco a ninguno de ustedes. Un ‘sol rojo’, espero que sepas el peso de tus palabras, ‘Elegido’” – La ironía de sus palabras mostraba el miedo que le era imposible de ocultar.

“Las Armas de la Salvación” – Se apresuró a decir Dohkko. “La perfecta combinación y armonía de los Elementales, uniendo su fuerza y sabiduría para conseguirle a la humanidad una última oportunidad”

Kamun-Ra empezó su meditación. Estaba sentado enfrente de la Flama de la Esperanza, que ardía hasta el cielo con un humo espeso y asfixiante. Cerró sus ojos en la oscuridad de sus párpados, pero luego se sumergió en los secretos del tiempo. La visión había empezado. Estaba corriendo, asustado, tenía su báculo en la mano y buscaba con la vista a sus aliados. Sentía una presencia oscura cerca de él. Empezó a gritar conjuros y hechizos mientras la desesperación se apoderaba de él. Corrió y corrió hasta alcanzar la salida de la cueva. Atravesó la salida y vio el reflejo del Apocalipsis. Los dos soles en el cielo, ambos ardiendo, ambos rojos de sangre. Un ruido llamó su atención, volteó y encontró a la presencia maligna. Lo reconoció al instante. Sin embargo, eso había perdido toda importancia. Su misión había fallado. La lluvia de fuego ya había empezado. Se despertó exaltado y supo que aquel era el momento de reunirse con ellos, que quizás todavía había tiempo de parar la masacre.