Twisted Ink Productions Presents:
Pobreza
By Chebing
A sus 60 años, todos los logros de Ernesto se podían contar con los dedos de la mano. Conoció a una buena dama y la hizo su esposa, y luego tuvo hijos con ella. Lamentablemente, no tuvo la suerte de contar con el sustento necesario para los miembros de su familia. Su casa era humilde, y más aun su corazón. Había días que Ernesto se quedaba sin comer, porque prefería que sus hijos comieran más, y había otros días no tan afortunados, que Ernesto lloraba desconsolado en su cama, recordando una y otra vez la voz de su hijo menor, pidiendo comida, gritando de hambre.
Ernesto era un buen hombre, trabajador, de buenos ideales, con sus prioridades bien establecidas, pero le era imposible conseguir aquel trabajo que lo saque a él y a su familia de la gran miseria que los sumergía. Su esposa había quedado paralizada de la cintura para abajo, y el único trabajo que podía hacer era tejar ropa para luego venderla los fines de semana en la feria americana. Sus hijos eran pequeños, Leandro de cinco, y Martín de ocho. El más chico no podía comprender que su padre deseaba más que cualquier otra cosa acabar con el grito de su estomago, y cada vez que llegaba el momento de comer, la cruel realidad aplastaba con todas sus esperanzas, un plato de fideos los buenos días, y uno o dos pedazos de pan duro los días siguientes. El más grande comprendía que a veces se comía y a veces no, pero todavía era incapaz de entender cómo había gente que tenía tanto, y ellos tan poco, no podía entender que sus amigos vistieran ropas limpias, llevaran alfajores y gaseosas y hablaran de la milanesa o las empanadas que habían disfrutado el día anterior. Este chico perdía la fe en la humanidad antes de siquiera dar su primer paso al mundo.
Ernesto trabajaba todos los días, en lo que hiciera falta. A veces era pintar una pared, otras arreglar un camión. Él no sabía mucho de nada, y lo poco que sabía lo había aprendido al hacerlo tantas veces. Sin embargo, le pagaban monedas, muy lejos de lo necesario para poner un plato de comida en la mesa. Las pocas veces que Ernesto se había quejado sobre esta situación, lo amenazaron con no pagarle nada y lo tuvieron varias semanas sin darle trabajo. Ante este problema, aprendió a callarse la boca y a aceptar lo que quisieran darle, en el momento que se lo quisieran dar.
Ambos hijos de Ernesto asistían a una escuela estatal a varias cuadras de su casa. Caminaban cuarenta y cinco minutos todos los días para llegar y otros cuarenta y cinco para volver. Los pocos útiles que tenían estaban gastados y viejos, tenían un cuaderno roto cada uno, y un lápiz y lapicera, nada más. Lo demás se lo prestaban los compañeros. Sus notas eran bajas porque no dedicaban mucho tiempo al estudio, pasaban sus tardes en la plaza, pidiendo monedas o buscándolas en la tierra. Los profesores les tenían mucha paciencia, puesto que conocían la situación económica de la familia, pero tampoco podían darle una nota que no merecían.
No fue hasta el final de la primavera que el destino de Ernesto y su familia cambiaría para siempre.
Una oscura mañana de noviembre, la maestra se acercó a Martín que estaba dibujando un árbol caído cerca de un lago, y le dijo muy suavemente que se acerque a la oficina de la directora. El chico obedeció y emprendió la caminata, curioso y asustado. Golpeó la puerta, esperó unos segundos hasta que le indicaron pasar, entró a la oficina, un tenue olor a madera inundó su nariz. Miraba al suelo, tímidamente, no podía sacarse esa sensación de estar en problemas. Después de algunos minutos y varias palabras delicadas, Martín seguía sin entender bien la situación, miraba expectante a la directora, pero no le decía nada. Ella le seguía explicando pero no se hacía entender, hasta que perdió la paciencia, tomó al chico de los hombros, y en un tono elevado de voz lo miró, lo miró y le advirtió que, a menos que complete todas sus tareas y demuestre un cambio, iba a repetir de año. Martín salió corriendo de la oficina, sin saber muy bien a dónde ir.
Cruzó la puerta como un rayo, estaba abierta por un descuido de la portera, corrió y corrió, tanto que ya no sabía donde estaba. Se sentó en la entrada de una casa, mirando hacia el suelo, tenía miedo y no sabía que hacer. Al poco tiempo empezó a llover, sólo tomó unos pocos minutos para que el chico estuviera completamente empapado. Con toda la ropa mojada, se paró y comenzó a observar a la gente. Todos se veían tan felices con sus ropas limpias, secas gracias a los paraguas, con su panza llena, exhibiendo grandes sonrisas en sus rostros, hablando por celulares, escuchando música, comprando ropa, golosinas y toda clase de trivialidades. Fue entonces cuando Martín no pensó, sino que actuó. Estaba cansado de tener hambre, de ser pobre, de ser infeliz. Vio a una mujer de avanzada edad con un monedero en la mano, corrió hacia ella, agarró el monedero con todas sus fuerzas, y siguió corriendo. La mujer cayó tras de él.
Lo siguiente sucedió muy rápido, quizás demasiado rápido para cualquier de aquellos que estaban en la escena. Alguien gritó que atrapen al ladrón, otro que llamen a una ambulancia, se escucharon pasos, furiosos, rápidos, temibles, persiguiendo al chico, mientras que un tumulto se acercaba a la señora. Martín no podía parar, no ahora, ya era demasiado tarde, los pasos cada vez estaban más cerca, el grito de una mujer retumbó en el viento, y luego, otro grito, esta vez masculino, ordenándole al pequeño criminal que detenga su paso, éste hizo caso omiso, siguió corriendo, sólo atinó a mirar atrás y ver como rodeaba un grupo de desconocidos a la víctima tirada en el suelo, y por último, el ruido de una frenada, seguido por una patinada, terminado por el choque de los frágiles huesos del niño contra el frío y despiadado paragolpes de un camión que no pudo esquivarlo.
Ernesto no soltó una lágrima, no lo tenía permitido, solo la intimidad de su cuarto podía escuchar su llanto. Ver el pequeño cuerpo de su primogénito era demasiado para él, sin embargo, se mantuvo firme. Su preocupación era cómo pagar el velatorio. Afortunadamente, una agencia le permitió pagarlo en muchas cuotas, quizás por lástima, quizás por negocio, quizás por ambas. Semanas pasaron y el olor de Martín todavía se podía sentir en algunos rincones del hogar. Mientras tanto, las cosas estaban cada vez peores, no había día que Ernesto no discutiera con su mujer y el más pequeño pasaba días enteros sin decir una palabra, sin siquiera jugar, solamente se quedaba quieto en su lugar, mirando al vacío.
Los meses pasaron, la situación empeoró considerablemente. Su hijo ya era un fantasma, con su mujer no se hablaba, y mantenía en secreto la orden de desalojamiento que le había llegado por incumplimiento con tantas deudas. En cinco días estarían en la calle, sin techo ni lugar donde dormir, sin dinero para comer, y con la familia separada por la perdida de uno de sus integrantes. Fue entonces que Ernesto se fue a caminar un poco.
Sus pensamientos lo llevaron hasta la esquina donde había fallecido Martín, era en el corazón del barrio más caro de la provincia, donde todos parecían ser felices. Todos con sus familias completas, con comida en sus panzas, con ropa limpia y una gran sonrisa. Fue entonces que Ernesto comprendió los sentimientos que llevaron a su hijo a robar, y también entendió que era algo que él tenía que hacer. No podía permitir que desalojen a su familia, que mueran de hambre, empujarlos hasta el extremo de salir a robar, y que encima, hubiera gente con tanto dinero que no supiera en qué gastarlo.
Prestó atención hasta encontrar a la víctima perfecta, vestido con traje y corbata, anteojos negros y zapatos todo en perfecta armonía e increíble prolijidad, un ciego caminaba ayudado con su bastón, transportando un gran maletín negro. Lo esperó unos segundos, y cuando el ciego lo pasó, Ernesto se levantó y lo comenzó a seguir. Al principio de lejos, luego acercándose más y más. Cada centímetro que se acercaba a su objetivo, su cabeza lo inundaba con preguntas y lo intentaba convencer de que se retire, que no era la solución. Ernesto apretó los dientes y siguió con su plan. No fue hasta que estuvo con sus manos prácticamente sobre el maletín que se detuvo. Se quedó paralizado, sin moverse, había caído en la realidad, estaba por robarle a un ciego.
Al mismo tiempo que Ernesto estaba inmóvil, el ciego dejó de caminar. Se quedó unos segundos en silencio, y con una voz desafiante le preguntó cuándo iba a cometer el atraco, que no tenía todo el día. Ernesto intentó hablar, tenía un nudo en la garganta. Balbuceó unas palabras, y con mucho esfuerzo terminó pidiendo perdón y asegurándole que estaba más que arrepentido, y que ya estaba yéndose. El ciego replicó que eso encajaba más con su personalidad, abrió su maletín, sacó un objeto y se lo entregó a Ernesto. “La esperanza es lo último que se pierde” le dijo, y siguió su camino.
Ernesto extrañado por la situación que había vivido miró sorprendido el objeto que el ciego le había dado, era una taza, blanca y de arcilla, era la taza más común que alguien jamás haya visto. Dio una vuelta y empezó a caminar hacia su casa, pensando en todo lo que había sucedido aquella noche. Al llegar a su hogar dejo la tasa en la mesa y se acostó sin tener una solución ni nada que se le parezca al problema del desalojo. Se repitió a si mismo: “La esperanza es lo último que se pierde”, mientras quedaba profundamente dormido.
Un año después, la situación lo encontraba a Ernesto parado al lado de la cama de su hijo, teniendo su mano mientras éste volaba en fiebre. Habían pasado varios meses en la calle y en el frío, y desde hacía tres semanas estaban en un refugio para desamparados. Tenían una sola cama para los tres, pero sólo su hijo y su mujer hacían uso de ella, él vigilaba durante las noches y salía a trabajar temprano por la mañana. Sin embargo, desde que Leandro había empeorado, Ernesto ni siquiera iba a trabajar, lo cuidaba todo el día. Lo que había empezado con una fiebre ahora además se le sumaba convulsiones y delirios. No había doctor en el refugio ni dinero para llevarlo a un hospital, la decisión de los padres fue esperar a que se le pase, “La esperanza es lo último que se pierde” se repetía a si mismo Ernesto. Una noche, se sirvió un poco de té en la taza que le había regalado el ciego, y se sentó en la orilla de la cama. Tomó todo el té y de repente, comenzó a llorar, inexplicablemente, agobiado por todos sus problemas, Ernesto sin emitir sonido o hacer gesto alguno, lloró lo que hacía meses necesitaba llorar. Las lágrimas simplemente brotaban de sus ojos, atravesaban su cara, y caían atraídos por la gravedad.
Luego de varios minutos, miró hacia abajo, y notó como una de sus lágrimas caía dentro de la taza regalada, para acto seguido transformarse en otra cosa. Ernesto no lo podía creer, pensó que la locura lo había vencido. Se secó los ojos y dio vuelta la taza, tapando la boca con la otra mano. Una piedrita brillosa yacía ahora en la palma de Ernesto. La apretó, la mordió, sintió su sabor, no estaba seguro lo que era, pero jamás le había ocurrido algo tan extraño. La guardo en su bolsillo y esperó hasta la salida del sol.
A las pocas horas, con las primeras luces del alba, fue a toda prisa a una joyería donde había pintado varias veces las paredes, y le preguntó al joyero si aquella piedrita tenía algún valor. La sonrisa presumida del joyero se desvaneció a los pocos segundos. Con voz desesperada y cara de sorpresa le pidió algo de tiempo y se llevó la piedra al fondo, Ernesto estaba ansioso y contento, parecía que iba a tener una buena recompensa. A los quince minutos volvió a tener noticias, su ocasional empleador le dijo que aquella piedrita era un diamante, y que le ofrecía quinientos pesos por ella. Ernesto no lo dudó y tomó su dinero.
Dos semanas más tarde, Ernesto nuevamente se encontraba sosteniendo la mano de su hijo que estaba acostado en cama, gravemente enfermo. Esta vez en un hospital, medicado y con la atención necesaria. Tenía muy pocas chances de sobrevivir, puesto que su enfermedad estaba muy avanzada, sin embargo, el padre no perdía la fe en él. Los únicos momentos donde lo dejaba solo era por las noches cuando experimentaba con la taza, intentando volver a realizar el milagro. Todas las noches a la misma hora de la última vez, se servía el mismo té, hacía la misma recorrida, pensaba en las mismas cosas y aun así no era capaz de volver a obtener una piedrita. Él sabía que la piedrita había aparecido luego de que cayera una de sus lágrimas dentro de la taza, sin embargo, era incapaz de llorar.
Una noche, luego de uno de los días más difíciles para Leandro, tomó una cebolla, la cortó y se la refregó por sus ojos, nariz y boca, hasta que las lágrimas aparecieron nuevamente, y luego, con la taza en la mano, empezó a llorar dentro de ella. Su corazón latía rápidamente, estaba muy nervioso. Dejo caer varias lágrimas, y por más atento que estuvo, no vio ninguna señal de piedrita, dio vuelta la taza y nada, no había nada. La apoyó en la mesita de luz y se agarró de los pelos, mientras pensaba en la mala suerte que había marcado cada paso a lo largo de su vida. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por los monitores de su hijo, que empezaron a prender luces y a hacer sonidos.
Antes de comprender la situación, un equipo de enfermeras y doctores llegó a Leandro, lo vieron, lo tocaron, hablaron entre ellos y se lo llevaron del cuarto. Mientras Ernesto desesperado lo perseguía y la mujer intentaba alcanza su silla de ruedas, alguien le explicaba que no había tiempo de explicar, pero que era de suma urgencia realizar una operación, y que lo estaban trasladando al quirófano. Horas pasaron, aunque muchos hubieran jurado que fueron días, hasta que apareció una bata blanca, ahora manchada con rojo, y un barbijo descubriendo una boca que soltaba unas palabras raras, sin mucho sentido, pero que mencionaban frases como “Lo sentimos” “Hicimos nuestro mejor esfuerzo”. Ernesto intentaba comprender pero no podía, su cerebro no lo permitía. Se paró y ordenó que lo lleven con Leandro, pero los brazos que estaban inmóviles ahora lo intentaban calmar y lo querían mantener sentado. Ernesto los empujó y atravesó la puerta hacia el quirófano, corrió varios metros y llegó hasta una sala con vidrios transparentes, donde cirujanos y enfermeras se sacaban guantes y se miraban desilusionados. Ernesto entró e ignorando los gritos que ordenaban que se retire, se acercó a la camilla, descubrió la manta, y vio la cara de Leandro por última vez. Sin embargo, ya no era él, era sólo su cuerpo, inconsciente, sin vida, apagado.
Volvió a la sala de espera, estuvo varios minutos allí. Luego, fue a buscar sus pertenencias al cuarto de su hijo y encontró el único juguete que poseía, un oso de peluche regalado por una enfermera. Le faltaba un ojo y se le salía el relleno por las costuras, sin embargo, era el único recuerdo que quedaba de Leandro. Lo abrazó y comenzó a llorar, desesperado, indignado, maldiciendo su destino y a su Dios. Lloró como nunca antes lo había hecho, mojó la almohada y la cama, y detuvo su vista sobre la taza. Todavía llorando, la tomó y vio como sus lágrimas caían dentro de ella, al igual que la noche anterior, sin embargo, notó como cada una de esas gotas se transformaba en una piedrita, como la primera vez. Fue en ese momento que entendió todo.
Pensando en la pobreza que había marcado su vida, en el hambre que sentía día a día, en las cosas que jamás tuvo él y ninguno de sus hijos, en la mala vida que le dio a su mujer, en la muerte de sus hijos, provocada por el hambre y la falta de hogar, se dio cuenta que con dinero él no estaría ahí, estaría en una casa con chimenea, en el calor del hogar, jugando con sus hijos, abrazándolos, haciendo la tarea con ellos, llamándolos a comer, arropándolos para dormir, que toda la miseria que había sido su vida, sería nada, excepto dicha y felicidad, caminando con una gran sonrisa al igual que aquellos de los barrios ricos.
Pensando en todo esto y más, pidiéndole perdón a sus hijos y prometiéndoles un futuro mejor, sostenía la taza en una de sus manos y el cuerpo de su mujer en uno de sus brazos, mientras que un cuchillo ensangrentado yacía en el suelo y él se repetía a si mismo: “La esperanza es lo último que se pierde”, lo cual era verdad, ya que la razón lo había abandonado hace tiempo. Sin embargo, en su último momento de lucidez, no pudo descifrar si en aquel rincón con la última integrante de su familia muerta en sus brazos y con la taza llena de diamantes era más o menos pobre de lo que alguna vez había sido en su vida.
___
Basado en el relato mencionado en The Kite Runner.