
Twisted Ink Productions Presents:
La Familia Unida
By Chebing
La Familia Unida
“¡Feliz Cumpleaños, bebote!” le dijo la Sra. Williams a su hijo, apretando sus cachetes cuidadosamente para que no llore. “Dios Mio, no puedo creer que ya haya pasado un año”. La familia Williams había estado buscando un hijo desde hacía mucho tiempo, hasta que la Sra. le dio al Sr. la noticia que tanto esperaban; estaba embarazada.
A sus treinta y largos años, la Sra. se mantenía esplendida, mientras que el Sr., un poco mayor que ella, empezaba a manifestar la señales de una futura panza. Ella trabaja en el sector de la construcción, era Arquitecta, mientras que él era el flameante general de una nueva sucursal de su banco. La vida le sonreía a los Williams, ambos con muy buen trabajo, casa, auto, sin grandes problemas, y desde hacía un año, con la compañía del tan buscado Sam, el hijo que llevaría adelante la dinastía Williams.
En esta ocasión tan especial, la Sra. Williams convenció a su marido de festejar el cumpleaños en casa de sus padres, como ella lo hacía en su infancia. La casa se ubicaba escondida en un bosque, a metros de un lago. El camino era largo pero placentero, la casa grande pero llena de recuerdos, el clima; un sol radiante. Al amanecer, la familia se subió al auto y empezó el viaje, eran dos, máximo tres horas, siempre y cuando no hubiera tráfico. El Sr. Williams manejaba un BMW última generación, y la Sra. Williams llevaba a Sam a brazos, mientras jugaba a robarle la nariz.
Una vez que llegaron a la ruta, acomodaron a Sam en su asiento en la parte trasera del auto y pusieron la música apenas más alta, no había nadie en el camino, todo parecía ir perfectamente bien. Hora y media después, a cincuenta kilómetros de destino, un celular empezó a sonar, era el de la Sra. Williams quien eufóricamente atendió al ver el número de su hermana en la pantalla. “¡Hola Vanesa! ¿Cómo estás?” ya habían empezado con sus charlas telefónicos, menos mal que el Sr. Williams había pagado para que hablen libremente.
En medio del profundo sueño de Sam, durante la llamada de Vanesa, y al ritmo de la mejor música de ruta, el caucho de uno de los autos más caros del mercado se reventó, haciendo derrapar a la familia entera sobre una trampa mortal de más de cien mil dólares. Luego comenzaron a girar en medio de una lluvia de cristales. Lentamente perdieron el impulso, hasta que quedaron parados en medio de la ruta, golpeados, mareados, con dolor de cabeza yacían atrapados en el auto.
El Sr. Williams fue el primero en reaccionar, miró a su alrededor y rápidamente despertó a su mujer, luego, agarró a Sam y los tres escaparon del BMW. Se alejaron a una distancia segura y llamaron a una ambulancia, la Sra. tenía el brazo fracturado, y el pequeño la cara llena de sangre, y el cuerpo paralizado. Los médicos llegaron treinta minutos después, se llevaron a la Sra. y a su hijo al hospital, el Sr. se quedó esperando a la policía y a la grúa. Sabía que había problemas pero no sabía cómo afrontarlos.
Cinco interminables horas le llevaron al Sr. para llegar al hospital, sucio, manchado con sangre y desesperado preguntó dónde se encontraba su familia, las enfermeras se miraron entre ellas y le señalaron el cuarto, las noticias no eran buenas. Encontró a su esposa llorando, sola en el cuarto. Entró, entró y fue hasta ella. “Están haciendo estudios, no son buenas noticias, no son buenas noticias” balbuceaba la Sra. entre lágrimas. “¿Qué pasó?” preguntó él. “Su cabeza, su pequeña cabeza, está paralizado, tuvo un derrame, están esperando los resultados de los estudios, pero no hay esperanzas” dijo ella. “¿Esperanzas de qué?” preguntó él, aunque ya sabía la respuesta. “De que vuelva a moverse” aclaró ella.
Los días pasaron, largos y grises, con los padres y su único hijo, encerrados en su casa. Sam había llegado a su cumpleaños número cinco, sin embargo, ya no eran motivo de festejo. Sus padres todos los días agradecían al señor por todavía dejarlos a su cuidado, en vez de llevárselo, pero les era imposible festejar cualquier cumpleaños, especialmente el de él. En el trabajo nadie sabía quien había sido la Sra. Williams, puesto que en años no había ido ni una vez, en el banco, lo veían al Sr. Williams dos horas a la semana, y nadie sabía qué hacía en ese tiempo. La verdad es que la enfermedad de Sam ocupaba todas sus vidas, necesitaba asistencia las veinticuatro horas para poder respirar, y maquinas lo mantenían con vida. Crecía muy lentamente, a sus cinco años tenía la altura de un niño de un año y medio, y no podía moverse ni hablar. Sin embargo esto no era pretexto alguno para los Sres. Williams que lo cuidaban a luz y sombra y que confiaban en que algún día despertaría y todo estaría bien. Estas últimas palabras las decían tan seguido que ya estaban empezando a creer que se volverían realidad. Pero, lejos de ser verdad, las cosas empeoraban día tras día.
Poco tiempo después tuvieron que enfrentar la cruel realidad. “Entonces, Doctor, ¿Me está diciendo que no hay nada más para hacer, excepto esperar su muerte?” El Sr. Williams no podía creer lo que escuchaban sus oídos. “La neumonía está demasiado avanzada. Sam casi no tiene defensas ni hígado para procesar los medicamentos, no hay nada que podamos hacer contra esta enfermedad. Vayan a casa, y disfruten los últimos instantes junto a su hijo. Es la mejor recomendación que tengo para ustedes” sentenció el Doctor y así, la familia volvió a su hogar, esta vez, peor de lo que jamás habían estado en su vida.
Mientras el Sr. sostenía la mano de Sam, la Sra. le contaba como serían sus compañeros en la escuela, sus materias, los peligros que allí habría, las chicas, el amor, la vida, los errores, las decisiones, los momentos únicos. Le contaba sobre la felicidad, le contaba sobre lo que era tener un hijo, le contaba que la vida no siempre era color de rosa, pero que había que luchar, luchar y salir adelante, que lo importante no es llegar, sino haber disfrutado el viaje. Lágrimas caían con cada palabra.
De repente, el discurso de la Sra. se vio interrumpido, una maquina alertaba que el momento había llegado. Pidieron una ambulancia, e hicieron todo lo que tenían a su alcance, pero Sam ya no iba a ser capaz de conocer los problemas, los momentos difíciles, las alegrías, el amor, Sam ya había sorteado tantos obstáculos como pudo, y era el momento de descansar.
Entonces, una semana más tarde, y al igual que hacía cuatro años, los tres se subieron al auto, juntaron los juguetes y la ropa, y fueron a la casa de los padres de la Sra., al bosque que Sam jamás conoció, al agua en la que nunca se bañó, al aire que jamás respiró y al pasto sobre el cual jamás corrió. Esta vez, la Sra. lo llevó todo el viaje en sus brazos, y el Sr. no quiso poner música, en vez de eso, le cantó una hermosa serenata, una que improvisaba con cada estrofa.
Estacionó, se bajaron los tres, el Sr. llevaba la mochila con los juguetes. Miraron al sol, brillaba como aquella vez, sacaron una foto de los tres mirando a un precipicio, donde terminaba el bosque, y de fondo, las montañas más hermosas que alguien se pueda imaginar, escapadas de una novela romántica, con la cantidad exacta de nieve en las puntas, coqueteando con las nubes. Se sacaron fotos y aprovecharon el momento, luego, se agarraron de la mano, se sonrieron, se dieron un beso y se dejaron caer en el precipicio, los tres unidos, la familia completa.
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Basada en una historia real.
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