
Twisted Ink Productions Presents:
La Historia Inconclusa
By Chebing
La Historia Inconclusa
Todo empezó en una reunión, era una de esas donde te invitan para quedar bien, y vos llevas a un amigo para que te haga la gamba, engañándolo con la promesa de conocer gente del sexo opuesto con quien pasar un buen rato. Sin embargo, desde ese día que la frase: “Todo puede cambiar en un segundo” tomó sentido en mi vida.
Habíamos llegado tarde, siguiendo el manual de los caballeros codiciados que indicaba nunca llegar en el horario especificado a ninguna reunión, sino hacerse desear un poco, llegando algunos minutos más tarde. Entramos, saludamos a la única persona que conocíamos y rápidamente empezamos a hacer sociales con muchas de las personas que se encontraban allí. Así fue como la conocí a ella.
Al verla sentí algo que nunca había sentido antes, el amor a primera vista. En cuanto nuestros ojos se encontraron por primera vez, desatamos una guerra de miradas que duró una eternidad, pero quedó sólo en esos, miradas. Yo me encontraba contra una columna de mármol, ubicada cerca de la entrada, con un trago en la mano, mientras que ella estaba en el centro del salón, sosteniendo una pequeña cartera roja que combinaba con sus tacos del mismo color y juntos le daban vida a su vestido negro, que dejaba gran parte de la espalda al descubierto, extremadamente provocador.
Recuerdo haberla mirado mientras recorría con los ojos el salón, ella estaba conversando con una mujer algunos años mayor a ella, sin embargo no pasó mucho tiempo antes que se percate que la estaba mirando. Quizás fue coincidencia, quizás notó mi mirada. El hecho es que mantuvo su mirada por mucho tiempo, quizás un minuto. Obviamente yo no iba a mirar para otro lado, y se ve que ella tampoco iba a hacerlo, pero su compañía le tocó el brazo como demandando su atención, y tuvo que seguir con la charla. Sin embargo, aquello fue suficiente para que sus ojos queden grabados en mi memoria. El resto de la noche siguió con normalidad y no volví a cruzarla, aunque debo reconocer que tampoco la busqué.
Algunos días más tarde, me junté con el anfitrión de la fiesta, quien me preguntó cómo la había pasado, si la música y la comida eran de mi agrado y otras preguntas triviales sobre la organización. Yo respondí muy honestamente que estaba encantado con la manera en que habían resultado las cosas y le agradecí la invitación. Luego, pasamos a la charla de caballeros, por decirlo de alguna manera, y me preguntó si le había echado el ojo a alguna señorita. Independientemente de que aquella noche yo había hablado con varias personas, en la primera que pensé fue en aquella señorita con la que no pude cruzar una palabra, entonces, perdido por perdido, decidí comentarle sobre ella.
Fue una grata sorpresa que él supiera casi inmediatamente de quién estaba hablando, y me prometió ponerme en contacto con ella. Yo quedé bastante entusiasmado y luego seguimos charlando sobre otras cosas. Para el final de la semana, yo ya tenía el teléfono y el nombre de la muchacha. Al día siguiente, teníamos una cita.
Estaba muy nervioso, recuerdo que empecé a prepararme tres horas antes. Me pegué una ducha, me afeité, probé unos cuantos peinados, me puse perfume y me cambié unas cuantas veces. Además, hice reservaciones en el restaurant, las cuales las confirmé varias veces durante el día y cargué nafta y revisé el aceite del auto. Nada podía salir mal. Con tiempo de sobra emprendí el viaje hacia su casa.
Vivía en un departamento bastante agradable por fuera, ubicado en uno de los mejores barrios. Estacioné en la puerta, me bajé, toqué timbre, preguntó quién era, le contesté y luego dijo que ya estaba bajando. Encendí un cigarrillo mientras tanto. Estaba tranquilo pero a la vez nervioso. Miré hacia dentro del edificio, el ascensor había llegado a su piso, luego, empezaba a bajar, lentamente. Finalmente llegó a planta baja, y comenzó a abrir su puertas, yo miraba fijamente, con cara de seductor – aunque probablemente haya causado más gracia que otra cosa- hasta que la vi, estaba incluso más hermosa que la última vez. Vestía unos vaqueros azul oscuro con una remera bastante sobria, estaba muy simple, pero muy hermosa. La saludé, parecía que nos conocíamos de toda la vida. Fuimos al auto, le abrí la puerta y nos dirigimos al restaurant.
La cena fue excelente, ella era graciosa, simpática, inteligente. Jamás dejamos de hablar, y jamás me aburrí. Además, parece que tenemos un gusto parecido porque estuvimos compartiendo parte de la comida. El postre directamente lo pedimos juntos. Era una noche ideal. Ella se ofreció a pagar y yo no lo acepté, incluso se enojó un poco, pero la convencí diciéndole que aceptaba una taza de café en su lugar, siempre y cuando fuera invitación de ella.
De ahí en más empezamos a vernos cada vez más y más seguido, hacíamos de todo, cena, cine, paseos, plazas, cocinábamos, era increíble, jamás había estado tan contento. Ella tenía un trabajo de oficina, al igual que el mío, lo que también sumaba puntos. No podía creer lo rápido que estaban yendo las cosas.
Sin embargo, no todo era color de rosas. Yo sabía que lo nuestro era imposible, y que jamás daría resultado, sabía que no era más que un capricho, sabía que estaba traicionando su confianza, sabía que ella necesitaba mi ayuda, y fue así como dejé todo de lado, para convertirme en algo más, algo que la pudiera ayudar, algo creado por mi amor por ella.
Así fue como pasó el tiempo, cada vez que la veía moría de felicidad, pero al separarnos no quería saber más nada de ella, simplemente por no querer lastimarla. Yo sabía que en algún momento ella querría poner las cosas en claro, volver la relación en algo más serio, pero yo no podía, no quería, no lo haría. Incontables fueron las veces en que pensé en desaparecer y que ella lentamente se olvide de mí, aunque sabía que sería imposible para mi olvidarme de ella.
De esta manera llegamos hasta esta instancia, a horas de volver a verla, pero después de conocerla mucho mejor, después de decidir lo que sería de nuestra suerte.
Esperé hasta diez minutos pasadas las once, siguiendo el manual de los caballeros codiciados, y llegué a la playa, cerca de las orillas, donde ella estaba esperándome tirada en la arena y mirando las estrellas. Me acerqué, simplemente extendí mis brazos hacia ella y la ayudé a levantarse. Las sonrisas en nuestros rostros no nos permitían hablar y sólo pudimos abrazarnos, no demasiado pero si lo suficientemente para poder oler el aroma a perfume y arena que tenía en el pelo.
Nos separamos, pero nuestras manos quedaron unidas, a veces agarradas del todo, a veces simplemente de la punta de los dedos. Hacía un poco de frío, pero no mucho, es más, me atrevo a decir que era la temperatura perfecta para querer abrazarla y no dejarla ir, para sentir sus mejillas frías que lentamente se ponen tibias. Nos mirábamos, queríamos continuar la guerra de miradas de la otra vez, sólo que con una diferencia. Antes la mirada transmitía un poco de inocencia, ahora era amor.
Empezamos a hablar, recuerdo el viento moviendo su pelo, me encantaba como le quedaba. Cada vez hablábamos más y más cerca, cada vez más y más abrazados. Mis ojos se turnaban para contemplar el verde esmeralda que tenían los suyos y sus labios carnosos, provocadores.
No puedo recordar que decía mi boca, pero era simplemente una excusa para acercarme más a la suya, me acercaba tanto que podía sentir su respiración, que podía sentir su fría nariz chocar con la mía. Luego, mis brazos estaban alrededor de su cintura, y los suyos alrededor de mi cuello.
Estaba todo dado, no faltaba nada, bajo la luz de las estrellas había llegado el momento que tanto había ansiado, que tanto había esperado. Todo era perfecto, todo estaba en su lugar, de repente, me acerqué los últimos centímetros, y ella cerró sus ojos, manteniendo su boca abierta, pero sin decir una sola palabra.
Fue ese segundo donde todo se desmoronó, fue ese segundo el que cambió mi vida. En ese instante comprendí que estaba mal y que estaba reaccionando ante un capricho, que estaba haciendo lo equivocado y que debía irme lo más pronto posible de ahí. Fue en ese instante en el que pude ver toda su inocencia en su máxima expresión, inocencia que yo hacía mucho había perdido.
Retrocedí un poco, ella rápidamente abrió los ojos y me preguntó qué pasaba. Yo no podía hablar, ella esperaba mi respuesta. Estaba parada mirándome, y yo debía decirle algo, era lo mínimo que se merecía. La tomé de la mano, la miré a los ojos y le dije: “Te amo… Adiós”. Di media vuelta y empecé a caminar.
Ella quedó desmoronada sobre la arena, podía escuchar su lamento fundiéndose con el ruido de las olas, yo seguía caminando, la decisión ya había sido tomada, no podía arrepentirme ahora. De golpe comenzó un fuerte viento que me recorría de los talones hasta la nuca, erizándome la piel. Sentía mucho frío, pero seguía caminando. Entonces empecé a pensar en el por qué de mi decisión, qué era lo que estaba mal con ella o conmigo qué no hacía posible seguir adelante con esto. Lo sabía, lo sabía perfectamente, pero era demasiado morboso para decírselo o siquiera intentarlo. Las veces anteriores había podido controlarme, pero en ese momento, en la playa, sentí que perdía el control, y qué sería de ella si yo perdía el control, no, mi decisión era correcta, y debía mantenerme firme.
Ya estaba bastante alejado del lugar cuando decidí mirar hacia atrás. En medio de la oscuridad no pude distinguirla a ella ni el lugar donde estábamos. Miré hacia el mar y noté una sombra, entrando cada vez más y más en lo profundo. Sería verdad o un truco de mi mente, no lo sabía. Paré de caminar, no sabía si volver o seguir. Miré una vez más, la sombra parecía real, pero casi no se podía ver, el agua la estaba cubriendo por completo. Fue entonces que tomé la decisión.
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